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Full text of "La cabeza y el corazón : comedia en tres actos y en verso"

JL 



EL TEATRO. 



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I i 
DE OBRAS DRAMÁTICAS Y LÍRICAS. 

¡ í 

| ! 

LA CABEZA Y EL CORAZÓN, j 

COMEDIA EN TKES ACTOS Y EX VERSO. 




í I 



MADRID: 
OFICINAS: PEZ, 40, 2. 

• 1871. 



IV 



CATALOGO 



DE LAS OBRAS DRAMÁTICAS Y LÍRICAS DE LA GALERÍA 



Al cabo de los años mil. 
A mor de antesala. 
Abelardo y Eioisa. 
Abnegación y nobleza. 
Angela. 

Afectos de odio y amor . 
Arcanos del alma. 
Amar después de la muerte. 
Al mejor sazador... 
Achaque quieren las cosas. 
Amor es sueño . 
A caza de cuervos. 
A caza de herencias. 
Amor, poder y pelucas. 
Amar por señas. 
A falta de pan... 
Articulo por artículo. 
Aventuras imperiales. 
Achaques matrimoniales. 
Andarse por las ramas. 
A pan y agua. 
Al África. 
Bonito viaje. 

Eoadieea, drama heroico. 
Batalla de reinas. 
Berta la flamenca. 
Barómetro conyugal . 
Bienes mal adquiridos, 
líien vengas mal si vienes solo. 
Bondades y desventuras. 
Corregir al que yerra. 
Cañizares y Guevara. 
Cosas suyas. 
Calamidades. 
Como dos gotas de agua. 
Cuatro agravios y ninguno. 
lComo se empeñe un maridol 
Con razón y siu razón. 
Cómo se rompen palabras. 
Conspirar con buena Buerte. 
Chismes, parientes y amigos. 
Con el diablo á cuchilladas. 
Costumbres políticas. 
Contraste s. 
Catilina. 

Carlos IX y tos Hugonotes. 
Carnioli. 
Candidito. 

Caprichos del corazón. 
Con canas v polleando. 
Culpa y castigo. 
Crisis matrimonial. 
Cristóbal Colon. 
Corregir al que yerra. 
Ciernen ti na. 

Con la música á otra parte, 
liara y cruz. 

Cos sobrinos-contra un tio. 
r>. Primo Segundo y Quinto. 
Deudas de la conciencia, 
non Sancho el Bravo. 
Don Bernardo de Cabrera. 
Dos artistas. 
Diana de San Román. 
D. Tomás. 

T)e audaces es ln fortuna. 
Dos hijos sin padre. 
Doiyic menos se piensa.,.. 
D. Asé. Pepe v Pepito 
ríos mirlos Mancos. 
Deudas de la honr 
ríe la mano á la boca. 
Doble emboscada. 
W amor v la moda. 
lista loca! 



EL TEATRO. 



En mangas de camisa. 

El que no cae... resbala. 

El niño perdido. 

El querer y el rascar... 

El hombre'negro. 

El fin de la novela. 

El filántropo. 

El hijo de tres padres. 

El ultimo vals de Weber. 

El hongo y ol miriñaque. 

iEs una malva! 

Echar por el atajo. 

El clavo de los maridos. 

El onceno no estorbar. 

El anillo del Rey. 

El caballero feudal. 

¡Es un ángel! 

El 5 de agosto. 

El escondido y la tapada. 

El licenciado Vidriera . 

jEn crisis! 

El Justicia de Aragón. 

El Monarca y el Judio. 

El rico y el pobre. 

El beso de Judas. 

El aima del Rey García. 

El afán de tener novio. 

El juicio público. 

El sitio de Sebastopol. 

El todo por el todo. 

El gitano, ó el hijo de las AJpu 
jarras. 

El que las da las toma. 

El camino de presidio. 

El honor y el dinero. 

El pavaso. 

Este cuarto se alquila. 

■Esposa y mártir. 

El pan de cada día. 

El mestizo. 

El diablo en Amberes. 

El ciego. 

El protegido dp las nubes 
El marqués y el marquesito. 

El reloj de San Plácido. 

El bello ideal. 

El castigo de una falta. 

El estandarte español en las cos- 
tas africanas. 

El conde de Montecristo. 

Elena, ó hermana y rival. 

Esperanza. 

El grito de la conciencia. 

|EI autor! |E1 autor! 

El enemigo en casa. 

El último pichón. 

El literato por fuerza. 

El alma en un hilo. 

El alcalde de Pedroñeras. 

Egoísmo v honradez. 

El honor de la familia. 

El hijo del ahorcado. 

El dinero. 

El jorob-ido. 

El rtiablo. 

El Arte de ser feliz. 

El que no la corre antes... 

El loco por fuerza. 

E! soplo del diablo. 

El pastelero de París. 

Furor parlamentario. 

Faltas juveniles. 

Francisco Pizarra. 

Fe en Dios. 

(¡aspar, Melchor v Baltasar, ó el 



ahijado de todo el mun 

Genio y figura. 

Historia china. 

Hacer cuenta sin la huesj: 

Herencia de lágrimas. 

Instintos de Alarcon. 

Indicios vehementes. 

Isabel de Médicis. 

Ilusiones de la vida 

Imperfecciones. 

Intrigas de tocador. 

Ilusiones de la vida. 

Jaime el Barbudo. 

Juan Sin Tierra. 

Juan sin Pena. 

Jorge el artesano. 

Juan Diente. 

Los nerviosos. 

Los amantes de Chine] o 

Lo mejor delosdados. . 

Los dos sargentos españi 

Los dos inseparables. 

La pesadilla de un raser 

La hija del rey Rene. 

Los extremos' 

Los dedos huespedes. 

Los éxtasis. 

La posdata de una carta. 

La mosqu ita muerta. 

La hidrofobia. 

La cuenta del zapatero 

Los quid pro quos. 

La Torre de Londres. 

Los aman tes de Teruel 

La verdad en el espejo. 

La banda de la Condesa 

La esposa de Sandio el B| 

La boda de Quevedo. 

La Creación v el Diluvio 

La gloria del arte. 

La Gitanilla de Madrid 

La Madre de San Fernán 

Las flores de Don Juan 

Las aparencias. 

Las guerras civiles. 

Lecciones de amor. 

Los maridos. 

La lápida mortuoria. 

La bolsa y el bolsillo. 

La libertad de Florencia 

La Archidunuesita. 

La escuela délos amigos 

La escuela de los perdid 

La escala del poder. 

Las cuatro estaciones. 

La Providencia. 

Los tres banqueros. 

Las huérfanas de laCarid 

La ninfa iris. 

La dieba en el bien ajeno 

La mujer del pueblo. 

Las bodas de Caniarho. 

La cruz del misterio. 

Los pobres de Madrid. 

La planta exótica. 

Las mujeres. 

La unión en África. 

Las dos Reinas. 

La piedra lilosofal. 

La corona de Casilla tales 

La calle de la Montera 

Los pecados de ios padres, 

Los infieles. 

Los moros del Riff. 



LA CABEZA Y EL CORAZÓN. 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with furiding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/lacabezayelcoraz25112guer 



LA CABEZA Y EL CORAZÓN, 



COMEDIA EN TRES ACTOS Y EN VERSO, 



ORIGINAL DI 



DON TEODORO GUERRERO, 



Estrenada con gran aplauso ei> el Teatro de Tacón, de la 
Habana, á beneficio del primer actor D. Manuel Ossorio. 



MADRID: 

IMPRENTA DE JOSÉ RODRÍGUEZ. CALVARIO, 18. 



PERSONAJES. ACTORES. 



MARQUESA Sra. Condesa Valentwi. 

SOFÍA Doña Carmen Planas. 

CONDE DE LA PAZ . . D. Manuel Ossorio. 

DON UNO D. José Robreño. 

DON CARLOS D. Vicente Segarra. , 

DON JULIO D. José Daza. 

RAMÓN D. Joaquín Armenta. 



La escena pasa en una quinta de Carabanchel. 
Año 1840. 



Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su per- 
miso, reimprimirla ni representarla en España y sus posesiones 
de Ultramar, ni en los paises con que haya celebrados ó se ce- 
lebren en adelante tratados internacionales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados de las Galerías Dramáticas y Líricas de los 
Sres. Gullon e Hidalgo, son los exclusivos encargados del cobrode 
los derechos de representación y de la venta de ejemplares. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



AGIO PRIMERO 



Sala cerrada con dos ventanas al fondo, que estando 
abiertas dejan ver el jardín. — Dos puertas á la dere- 
cha, que dan, la primera al recibimiento y la segun- 
da á lo interior. — Otras dos á la izquierda. 



ESCENA PRIMERA. 

La MARQUESA esta sentada á la izquierda con la cabeza apo- 
yada en una mano. Al otro lado, D. LI.NO, lee un periódico y 
<!a muestras de hallarse agitado. 

Lino. Perdí jugando á la baja; 
vamos, no vuelvo á jugar, 
porque no puede ganar 
quien las cartas no baraja. 
¡La Bolsa!... ¿El papel subió? (Con ironía.) 
Algo á mi costa aprendí; 
sé que la prior; perdí, 
pero el primo he sido yo. 

MaKQ. (Levanta la cabeza y le mira.) 

¡Hola! ¿habla usted solo, tío? 
Lino. Hablaba con mi dinero. 
Marq. ¡Qué pasión! 
Lino. Sobrina, quiero 

mi capital, porque_.es mió. 
Marq. (Con disgusto.) El dinero es una cosa 



668596 



— 6 - 

tan vulgar... 
Lino. Sobrina mia, 

tú vives de poesía; 

pero yo vivo de prosa. 

¡El dinero! El que calcula, 

como yo, sueña con él; 

es el único papel 

que en todas partes circula. 

La verdad es siempre el oro. 

pues conserva su valor; 

cien mil billetes de amor 

doy por uno del Tesoro. 

Es el amor un estanco, 

pero de ilícita renta; 

de billetes se alimenta, 

mas no los admite el Banco. 

Cada cual con su manía 

corre en busca de un filón; 

¿tú explotas el corazón? 

yo exploto Ja minería. 
Marq. Inspira usted confianza, 

y engaña á los negociantes, 
Lino. Tú engañas á tus amantes 

con la mentida esperanza. 

Yo doy mi dinero á rédito; 

lú das tu amor; engañamos, 

y en ese juego ganamos: 

lodo aquí es cuestión de crédito 

Cada cual por sí trabaja; 

¿eres feliz cuando ves 

un nuevo amante á tus pies? 

Yo un nuevo duro en mi caja 
Mauq. Hay verdad en la pintura 

que usted de mi amor ha hecho. 
Lino. (Se levanta) Sobrina, leo en tu pecho. 
Marq. (Sonriéndose.) No siempre, se me figura. 
Lino. ¿Finges del amor la llama? 
Marq. Fingir por cálculo ansio, 

porque usted ignora, tio, 

cómo en el mundo se ama. 

Los hombres saben jugar 

á amor, como á /' ecarte', 



jugando de mala fe 

siempre consiguen ganar. 

Lo toman por distracción: 

cambian, no de amor, de nombres. 

sin sospechar muchos hombre? 

que tienen un corazón. 

Si yo sintiera en el alma 

arder devorante fuego, 

conociendo tanto el juego. 

¿á perder iba la calma? 

Desden el hombre me inspira. 

que adivino su intención: 

si es mentira su pasión, 

¿con qué pago? Con mentira. 

Con una medalla igual, 

la mujer por el anverso 

y el hombre por el reverso, 

se pagan: cuenta cabal. 
Lino. ¿Y por qué pierdes el tiempo 

en ese juego de azar. 

si en él nada has de ganar? 
Marq. Yo juego por pasatiempo. 
Lino. Así te diviertes; eres 

la reina de los salones. 

imán de los corazones 

y envidia de las mujeres. 
Marq. Me aduls usted. 
Lino No. no miento; 

de lo que digo ¿quién duda? 

Eres bella y eres viuda; 

caudal te sobra; talento ... 

MARQ. Si? (Riéndose ) 

Lino. Tu posición te abona; 

llevas un ilustre nombre. 
y no hay en Madrid un hombre 
que resista á tu persona. 

Marq. Está usted hoy muy galante. 

Lino. No es porque tenso buen día. 
pues hoy la fortuna mia 
es como tú de inconstante. 

Marq. Esa palabra no afrenta. 

Lino. ¡Te adoran tantos! 



VIarq. 


¡Yo no! 


Lino. 


Soy tu confidente yo; 




pero ya perdí la cuenta. 




Una vez sola te vi 




mostrar verdadero afán: 




fué á Enrique de Santillan. 




¿Ya no le recuerdas? 


Marq. 


Sí. 


Lino. 


¡Te amaba tanto! 


Marq. 


¡Era un niño! 




Encendió viva mi llama, 




y le amé como se ama 




con ese primer cariño. 




Él á Méjico marchó 




y nada volví á saber... 


Lino. 


¿Habrá muerto? 


Marq. 


Puede ser. 


Lino. 


¿Le olvidaste? 


Marq. 


Me olvidó. 




Han corrido quince años, 




y me ha aleccionado el mundo; 




á aquel cariño profundo 




siguieron los desengaños. 


LlNO. 


(Con malicia.) Sin embargo, hallas solaz 




en amor; hoy, por ejemplo, 




ocupada te contemplo... 


Marq. 


¿Hoy? -¿Del Conde de la Paz? 


Lino. 


Sí; del guerrero invencible 




cuyo amor ya te envanece, 




cuya conquista te ofrece 




un laurel inmarcesible. 


.Mauq. 


No se equivoca usted, tío; 




me interesa esta conquista. 


Lino. 


(Riéndose.) Ya lo sé; soy agiotista. 




y entiendo... 


Marq. 


(Sorprendida.) ¿Es agio lo mío? 


Lino. 


¿Es otra cosa el amor 




que un agio? Sin trampas juega; 




verás cómo te la pega 




el más diestro jugador. 


Marq. 


El Conde... 


Lino. 


Es fuerte en la lid. 



— 9 — 

Marq. Con hombres; mas con mujeres... 
Lino. ¡Terrible enemigo eres! 
Mauq. La campaña no es Madrid. 
Lino. Dicen que le causa enojos 

el amor. 
Mauq. ¡Amor es ciego! 

Lino. Le respetó siempre el fuego. 
Marq. No era el fuego de unos ojos. 
Lino. ¡Mucho encomian su valor! 
Mauq Diz que aunque más de una dama 

se vio prendida en su llama, 

ninguna le inspira amor. 
Lino. ¿Tú le conoces? 
Marq. De vista. 

Tanto me hablaron de él 

que desde Carabanchel 

hacer pienso su conquista. 

La Condesa del Espino 

á visitarme leenvia, 

y ya le espero. 
Lino. Á fe mia 

que lo arrastra su destino. 
Mauq. Voy á arreglar mi tocado, ¡Se levanta. 

que aquí come el general. 
Lino. ¡Oh! no me parece mal; 

¿á comer le has convidado? 

¡Buen principio, por mi vida! 

Para las lides de amor 

no encuentro campo mejor 

que una mesa bien servida. 

Dá el Champagne atrevimiento. . 
Mauq. No habla el Conde de la Paz. 
Lino. Hoy habla: es siempre locuaz 

un estómago contento. 

ESCENA II. 

DICHOS, RAMÓN por la derecha. 

Ramón. Señora Marquesa, un hombre 
hablar quiere con vuecencia, 
y á pedir vengo licencia... 



- 10 — 

Marq. ¿Quién es? 

Ramón. No dijo su nombre; 

y no permití que entrase 

sin avisar. 
Marq Y ¿de dónde 

viene? 
Ramón. De Madrid.— El Conde 

de la Paz... 

M*RQ (interrumpiéndole.) Dile que pase. 

(Ramón se relira.) 

ESCENA III. 



MARQUESA, D. LINO, después el CONDE. 

Lino. Va se acerca el enemigo; 

prepara la batería, 

que este será algún espía. 
Marq. Hoy á vencerlo me obligo. 

(La Marquesa y D. Lino vuelven á sentarse. Entra 
el Conde disfrazado de viejo, con peluca y glandes 
bigotes blancos; se detiene en la puerta, se estremo- 
ce lig-eramente al ver á la Marquesa, pero se repone 
en seguida y se adelanta con decisión.) 

Conde. (¡Es ella!) Á la paz de Dios. 

M.ARQ. ' (Conteniendo la risa.) 

(¿Quién será? ¡Qué traza tiene! 1 ) 

Dios sea con el que viene. 
Conde. También con ustedes dos. 
Lino. Mil gracias. 
Marq. ¿Quién es usted? 

Conde. Yo soy Mariano Corrales, 

sargento de provinciales, 

servidor de su merced. 

I.INO. ¿Y USled bllSCa?... (Con altanería.) 

Conde. Á la Marquesa 

del Saladar. 
Marq. Pues yo soy. 

Conde. Á entregar el parte voy, 

que es lo que aquí me interesa . 
Marq. Vamos. 
Conde. Yo lie sido soldado, 



- 11 — 

señora. 
Lino. (Ya se conoce.) 

Conde Y no he tenido más roce 

que con los que lian militado. 
Ño extrañe usted mi rudeza, 
que mi lengua es siempre sana; 
aunque á la pata la llana 
hablo siempre con franqueza. 
Mauq. Hable usted, pues, como guste, 
pero que al cabo sepamos 
qué es lo que quiere. 
Conde Á eso vamos. 

Makq. No tema usted que me asuste. 
Conde. En provinciales, señora, 
conocí á mi coronel. 
¡Qué valiente! 
Marq. Y ¿quién es él? 

Conde. El que es general ahora. 
Marq. ¿El Conde? 
Conde. Sí; bien ganó 

el título que le dieron; 
y por Dios que poco hicieron, 
porque la paz conquistó. 
Marq. ¿Y es él quien acá os envía? 
Conde. ¿No lo dije ya? 
Marq. No tal. 

Conde Cuando hablo del general (Sonriéndose. 
mi cabeza se extravía. 
Sali de Madrid con él 
hará lo más media hora, 
é hicimos alto, señora, 
en este Carabancbel. 
Apenas el carruaje 
en la fonda nos dejó, 
venir aquí me mandó 
mientras se muda de traje. 
Maro. Hace mal; de cualquier modo 

entrada en mi casa tiene. 
Onde. Á las costumbres se aviene; 
con ellas no me acomodo. 
Aquí los hombres son buenos 
según la ropa; me espanto 



de que valgan tanto ó cuanto 
por un fraque más ó menos. 
En la guerra todos son 
uniformes; sobresalen 
los hombres por lo que valen: 
se pesa allí el corazón. 

Ll.NO. (Soniiéndose á la ¡Marquesa.) 

Es filósofo el sargento. 
VIarq. Pero dice la verdad. 
Conde. Es mi mejor cualidad; 

yo, señora, nunca miento. 
Makq. ¿También piensa el Conde?... 

CONDE. (Con intención marcada. J Sí: 

piensa lo mismo que yo; 
la experiencia me enseñó, 
y lo ha aprendido de mí. 
Él huye de los engaños 
del mundo, y yo le aconsejo; 
me escucha porque soy viejo: 
para algo sirven los años. 
Le quiero por egoísmo, 
pues él hizo mi carrera; 
no es extraño que le quiera, 
señora, como á mí mismo. 

Makq. ¿Es valiente! Se han contado 
muchos rasgos de su ardor. 

Conde. ¿Quién duda de su valor? 
¡Es español y soldado! 
Él, consagrado á la guerra, 
sueña siempre en la victoria, 
que sus momentos de gloria 
son sus goces en la tierra. 

Mauq. Hoy, afirmada la paz, 
hallará nuevos placeres, 
porque el mundo y las mujeres 
campo ofrecen de solaz. 

'•ONDE. (Con sonrisa maliciosa.) 

¿El mundo?... Hiciera muy mal. 
De él escapan sanos pocos; 
es una casa de locos, 
y es muy cuerdo el general. 
¿La mujer?.. Tiene sus prontos, 



— 43 — 

pero no le gusta el ramo: 

la mujer es un reclamo 

para los pájaros tontos. 

Él no se agita impaciente 

por sus guiños y sus galas. 

porque sabe que son malas, 

sin agraviar lo presente. 

Sabe que ellas son astutas 

y que estudian sus maneras; 

que son sus ojos... banderas 

que enganchando van reclutas. 

Es un enemigo fuerte 

que siempre ataca á traición. 

y escondiendo el corazón 

tira los golpes de muerte. 
Mahq. El señor Corrales mal 

quiere á las damas. 
Conde. Soy viejo. 

Lino. Tal consejo... 
Conde. Mi consejo 

no hace falta al general. 

Me retiro; sólo siento 

si algo dije en mi rudeza-.. 
Mahq. (s e levanta.) Vuelva usted; esa franqueza 

me gusta, señor sargento. 
Conde. ¿Doy aviso al Conde? 
Mahq. Sí. 

(¿No quiere? Lo rendiré: 

¡sospecho que al fin hallé 

contrario digno de mí!) 

(Entra por la primera pnerta de la derecha. El Con- 
de se queda pensativo, siguiéndola con la vista. Don 
Lino se levanta, observa un momento al Conde, y 
después le toca en el brazo, hablándole con tono 
irónico.) 

ESCENA IV. 

CONDE, D. LINO. 

Lino. (Este viejo me conviene; 
tiene la lengua de plata.) 



14 



Conde. 



Lino. 



Conde. 



Lino. 
Conde. 

Lino. 

("onde. 



Lino. 

Conde. 
Lino. 



Conde. 
Lino. 



Conde. 



Lino. 

Conde. 

Líno. 

Conde. 



¡Hola, hola, señor Corrales! 

¿se emboba usted con las faldas? 

La mujer es uu reclamo... 

(Sonriéndose. i ¡Qué! ya para mí do canta; 

soy perro viejo, y no puedo 

seguir la pista á la caza, 

pues las piernas me flaquean. 

Y ¿por qué entonces miraba 

á mi sobrina con ojos 

de afición? ¡Vamos, que es guapa! 

¡Demasiado! En el iníierno 

se condenan muchas almas 

por hembras que menos valen. 

¿Y usted no se condenara? 

Yo estoy en el Limbo, y tengo 

la fibra de hoja de lata. 

(Si del Conde me dijera...) 

(Si algo de ella me contara...) 

Dará guerra la sobrina, 

que tienen sus ojos trazas 

de dar el ¿quién vive? á todos 

los que por su lado pasan. 

Muchos la persiguen, pero 

es inexpugnable plaza. 

¿El pecho tiene de bronce? 

Con una cota de malla 

hace frente al anemigo, 

y allí sus tiros rechazan. 

Hay enemigos traidores. 

Ella es mujer y se guarda. 

Todo el que la ve se rinde; (con intención. 

pregúntelo usted mañana 

al Conde. 

El Conde es soldado 
y le respetan las balas; 
el sistema de guerrillas 
conoce bien. 

.No le basta. 
¡Oh, sí! 

¿Conque es tan valiente? 
Cuénteme usted sus hazañas. 
¿No le aturdieron las muchas 



— 15 — 

Gacetas extraordinarias 

refiriendo sus victorias? 
Lino. No, señor. 

Conde, (con sorpresa.) ¡Es cosa extraña! 
Lino. Yo sólo leo los partes 

que interesan: las jugadas 

de la Bolsa. 
Conde, (con despecho.) ¿De la Bolsa? 

¿usted no siente en el alma 

un inmenso regocijo 

con las glorias de su patria? 
Lino. Yo, señor sargento... 
Conde. (Con ira.) ¡Calle! 

Lino. ¡Cómo! (¡Por Dios que se enfada! 

¡Huyo el cuerpo!) Con permiso... 
Conde. ¡Dios le guarde! 
Lino. Muchas gracias. 

(Entra por la segunda puerta de la izquierda.) 

ESCENA V. 

conde. 

¡Ah! ¡bien hice mi papel! 
Pero al verla, palpitaba 
mi corazón con tal fuerza 
que temí que me entregara, 
¡nué hermosa está! ¿Será cierto 
que esa mujer?... ¡No! ¡me engañan! 
Busqué la muerte por ella, 
pero pues Dios no me mata, 
debo verla; Dios sin duda 
para esa mujer me guarda. 
¿La reina de las coquetas 
en el gran mundo la llaman? 
Quiero convencerme; entonces 
conseguiré despreciarla, 
que solo el desprecio puede 
borrar su impresión del alma. 
Marquesa, nunca un soldado 
vuelve al combate la espalda; 
¡con el Conde de la Paz 



— 16 — 

Uenes que medir tus armas! 

(Va á salir precipitadamente y tropieza con Julio que 
entraba. Julio es un mozalvete de diez y ocho años, 
exagerado en el vestir á la moda y afectado en el 
hablar.) 

ESCENA VI. 



CONDE, CARLOS, JULIO. 

Julio ¡Ah, torpe! 

Conde. Fué la torpeza 

de los dos. 
Julio. (Con ira.) ¡Esto faltaba! 

¡Viejo imbécil! 
Conde. ¡Deslenguado! 

Julio. á que le cruzo la cara! 

(Va a levantar el brazo, pero el Conde se lo sujeta, 
apretándolo con fuerza; Julio se queja y se retira á 
un lado.) 

Conde. Pruebe usted. 

Julio. ¡\y! 

Conde. (Con ironía.) Señor joven, 

tiene usted la lengua larga, 

pero las manos muy cortas. 

•JULIO. (Apartándose más.) 

¡Bah, bah! respeto sus canas. 
Conde. Ño: respeta usted su miedo. 
Julio. ¿Miedo? 

Carlos. (Se interpone.) Vamos, Julio, calla. 
Julio. No, es que... 
Conde. Salga usted conmigo. 

y nos veremos las caras. 
Julio. ¿Para qué? Bien nos las vemos. 

De salir no tengo ganas. 

CONDE. (Acercándose á Julio.) 

Es usted corto de vista 

como de manos. 
Julio. (Retirándose.) ¡Ya basta! 
Conde. (Riéndose.) No olvide usted este encuentro 

por si me tino las canas, (váse.) 



Vi — 



ESCENA Vil. 



JULIO, CARLOS. 



Caklos. 
Julio. 



Carlos. 
Julio. 
Carlos. 
Julio. 



Carlos. 
Julio. 



Caulos. 
Julio. 



Carlos. 



Julio. 



(Riéndose.) ¡El viejo es terne! 

¡Qué zote! 
Á fe que puede dar gracias 
á que te pusiste en medio, 
que si no... 

(Burlándose.) ¿Le pegas?... ¡Vaya! 
Me ha arrugado la camisa. 
¿Tiene puños? 

No le faltan: 
¡por poco me rompe el brazo! 
Y ¿quién será? 

En esta sala 
no hay nadie de la familia. 

(Se deja crier en un sillón.) 

¿La Marquesa no está en casa? 
La esperaremos sentados, 
que si en consulta se halla 
con el espejo, podremos 
echar una siesta larga. 
¡Siempre maldiciente! 

¡Siempre! 
Amigo Carlos, las damas 
á murmurar nos enseñan; 
lo que es la xMarquesa... 

¡Calla! 
Si atormentarme no quieres 
debes, Julio, respetarla. 
¿Respetar? Nada hay sagrado 
si de mujeres se trata. 
Estás haciendo el cadete, 
y como á todos te engaña; 
si no tuviera yo mundo 
también de raí se burlara. 
Hoy á los diez y ocho años 
el hombre es viejo; se gasta 
viviendo al vapor: ¡el siglo!... 
Ya lo ves; para mi alma 



— 18 - 

no hay placeres ni impresiones 
nuevos; ya todo me cansa. 

Carlos. ¿Nunca amaste? 

Julio. Cuando niño; 

tengo aspiraciones altas, 
y no lie de perder el tiempo 
en ridiculas bobadas. 
¡El amor para los vagos! 
Otra misión me reclama 
más grande; soy hombre público; 
ia prensa, la diplomacia, 
la tribuna, el ministerio... 
¡Un gran porvenir me aguarda! 

Carlos. Y si el amor no comprendes, 
¿por qué á la mujer ultrajas? 

Julio. Carlos, yo hablo mal de todo: 
¡sistema! es cosa probada. 
Si á tenerte miedo llegan, 
sobre todos te encaramas; 
un escándalo es la base 
de una fortuna; si callas, 
ignoran que existes; ¡grita! 
¡dan los pulmones la fama! 
Esto, cuando vine al mundo, 
me enseñaron, y me basta. 

Carlos. Yo soy hombre impresionable 
y quiero con toda el alma. 

Julio. Eres voluble; Sofía, 

á quien de veras amabas, 
hoy llora tu inconsecuencia, 
aunque no creo en sus-lagrimas. 

Carlos. Es verdad que la queria, 
mas conocí por desgracia 
á la Marquesa... 

Julio. ¿Y cambiaste? 

CARLOS. (Turbado.) Sí. 

Julio. Yá. Sabes matemáticas 

dos mujeres valen más 

que una mujer. 
Carlos, (con disgusto.) No me agradan 

tus bromas. 
Juno. ¡Es buena escueJal 



— 19 - 



Carlos. 
Jumo. 



Carlos. 

Julio. 



Carlos. 
Julio. 



Carlos. 
Julio. 

Carlos. 

Julio. 

Carlos. 
Julio. 



Carlos. 

Julio. 

Carlos. 

Julio. 

Carlos. 

Julio. 

Carlos. 



Si al amor me dedicara, 

el género tomaría 

por mayor.— Ni una palabra 

comprendes de estos negocios. 

¿Á que ignoras lo que pasa? 

No entiendo... 

Carlos, hablemos 
un poco de chismografía. 
— Hoy el ponderado Conde 
de la Paz viene á esta casa. 
¿El Conde? 

Sí: la Marquesa 
ha estrechado las distancias: 
quiere apuntarlo en su lista. 

(Con ira.) ¡Julio! 

(Se levanta.) Ven acá: ten calma. 

El Conde come con ella, 

y aquí esta noche se baila; 

tiende el pescador las redes. 

y la anguila no se escapa. 

¡Llama la atención el Conde! (Con intención.) 

¡No! ¡la Marquesa me ama! 

(Riéndose.) ¡Pobre Carlos! 

¡Me exasperas! 
¿Si fuese verdad?... ¡Me engañas! 
¿Loco estás? 

¡Los mataría! 
¡El pensamiento me agrada! 
La ocasión te envidio, Carlos; 
si en un duelo al Conde matas, 
tienes hecha tu fortuna; 
¡es un duelo de esperanzas! 
¡Has despertado mis celos! 
Esta pasión que abrigaba... 
¿Te dio pruebas la Marquesa? 
Tengo una prueba: una carta. 
¿Con su firma? 

Sí. 

¡Soberbio! 
¿De amor en ella te hablaba? 
Sí: me citó para un haifp 
en Carnaval. 



— 20 — 

Jumo. ¡Esto marcha! 

Dame ese papel: ya tengo 

folletín para mañana. 
Carlos. ¿Qué dices? 
Julio. Sí; mi diario, 

La Culebra, dá á la estampa 

cuanto puede meter bulla: 

y esto ofrece mucha. 
Carlos. ¡Calla! 

No hay motivo... 
Julio. Observa, Carlos, 

y publicaré la carta. 

— Conozco de vista al Conde; 

antes que venga á esta casa 

me conviene prepararlo: 

voy hacia la fonda. 
Carlos. Aguarda. 

JULIO. (Mirando hacia la puerta de la izquierda.) 

Alguien llega. — La Marquesa. 
Allá te espero.— ¡Cachaza! 
¡Quizá nos sirva este Conde 
de trompeta de la fama! 

(Sale riéndose por la derecha.) 

ESCENA VIII. 

CARLOS, después la MARQUESA. 

Carlos. ¿Engañarme? ¡No es posible! 

¡No! ¡Julio es el que me engaña! 
¡es implacable con ella!... 
¡Oh! ¡si es verdad, mi venganza 
será atroz, porque la adoro!... 

(Sale la Marquesa muy elegante, y sonriéndose, pre- 
senta la mano á Carlos.) 

Marq. ¿Aquí don Carlos de Lara? 

Carlos. Marquesa... 

Marq. Felices dias. 

¿Usted con alguien hablaba? 
Carlos. No, señora; hablaba solo: 

es costumbre del que ama. 

MARQ. (Se sienta y le señala an sillón que coloca Carlos á 
su lado.) 



- -21 — 

¿Siempre amante? 
Carlos. (Con emoción.) ¡Siempre el mismo! 
Marq. Es gran virtud la constancia. 

No se quejará Sofía, 

que tanta fortuna alcanza. 
Carlos. ¿Se burla usted? 
Marq. ¡Yo burlarme! 

Carlos. El rigor cod que me trata 

no merezco; sabe, usted 

cuánto mi pecho se abrasa 

por otro amor. 
Marq. (Riéndose.) ¡Tanto fuego 

me asusta! 
Carlos. (Con calor.) ¡Viva es mi llama! 
Marq. (Con gracia.) ¡No se acerque usted! ¡cuidado! 

¡que no estoy asegurada 

de incendios!... ¡Qué combustible! 
Carlos. ¡Exaspera usted mi alma 

cuando sabe que la adoro! 
Marq. Usted que á mi prima amaba, 

¿cómo cambió de repente? 

¿Es amor una baraja 

que si conviene al que juega 

puede tomar otras cartas? 
Carlos. Una mujer nunca debe 

alimentar esperanzas, 

que es echar cebo á una hoguera 

para sostener la llama. 
Marq. Es el amor de los hombres 

juego fatuo; luminarias: 

deslumhra, pero no quema. 

CARLOS, (irónicamente.) 

No, Marquesa; es salamandra 

la mujer; amor es fuego, 

pero ella atrevida pasa 

por el fuego sin quemarse. 
Marq. Es oportuno. 
Carlos. Su lava 

esconde el volcan: revienta, 

y cuando revienta, mata 

al que coge. ¡Cuide usted 

no estar cerca! 



— 22 - 

Marq. Esas palabras, 

don Carlos amigo, encierran 

una terrible amenaza. 
Carlos. Pudiera ser. 
-Marq. Nada temo. 

Carlos. Tengo, señora, una carta 

que la compromete... 
Marq. Vamos: 

¿á eso da usted importancia? 
Carlos. Mancha el mundo fácilmente 

el limpio honor de una dama. 
Marq. Está mi honor á cubierto; 

por una broma de máscaras 

un caballero galante 

un honor limpio no mancha. 
Carlos. ¡Celos y desdenes son 

un infierno para el alma! 
Marq. (Riéndose.) No baje usted al infierno, 

que con su fuego le basta. 

C.ARl.OS. (Con despecho se levanta.) 

Marquesa, á los pies de usted. 
Marq. ¿Se va usted? 
Carlas. (Reponiéndose.) Julio me aguarda. 
Marq. Despiden fuego las calles: 

vuelva usted, si no se inflama, 

porque hoy á comer le espero. 

I Le ofrece la mano, que Carlos acepta con emoción.) 

Carlos. Bien. 

Marq. Será mi mesa honrada. 

Carlos. (¡Hace de mí lo que quiere! 
Aunque lo oculta, me ama.) 

(Sale por la derecha.) 

ESCENA IX. 

MARQUESA, después RAMOS. 

Marq. Volverá, porque me adora 

como un niño, pobre Lara! (Se levanta.) 

Le pasará el arrebato. 

— Son las cuatro; el Conde tarda. 

(Se para delante de un espejo.) 



Entretendremos el tiempo... 
Me sientan bien á la cara 
las flores; este vestido 
es del color que me agrada. 
No estoy mal... 
RamjN. (Desde la puerta.) El señor Conde 
de la Paz. 

MARQ. (Se vuelve de pronto.) 

(¡El Conde! ¡En guardia!) 
Que pase al momento. (¡Estoy 
sin saber por qué agitada!) 

KSCENA X. 

MARQCESA, CONDE. 



Marq. 


¡Ah, señor Conde! 


Conde. 


Señora. 




(Se dan las manos.) 


Marq. 


üicbosa me juzgo yo 




con esta visita. 


Conde. 


No; 




yo soy el dichoso ahora. 


Marq. 


Siéntele usted; y deseo 




dejar cumplidos á un lado. 


Conde. 


Cabalmente: soy soldado. 




(¡Ya comienza el tiroteo!) (Se sientan 


Marq. 


¿Y mi amiga la Condesa 




del Espino? 


Conde. 


Sigue bien. 




¿Supongo que usted también 




estará buena, Marquesa? 


Marq. 


Sí. Mil gracias, general. 




¡Aquí es tan sana la vida! 




Y aunque no es apetecida. 


v 


no lo pasamos muy mal. 




Doy baile todos los martes 




y recibo siempre en casa. 




Y usté allá ¿cómo lo pasa? 


I^ONDE. 


Yo? Me aburro en todas partes. 


Marq. 


¿Aburrirse? 


Conde. 


Por supuesto. 



Marq. Hay mil goces en Madrid... 
Conde. Ninguno; quiero la lid: 

en el campo está mi puesto. 

La campaña terminada, 

he venido á descansar; 

pero si vuelve a empezar 

sacaré otra vez la espada. 

Hallo en la guerra ilusiones 

y verdaderos placeres; 

¿qué me ofrecen las mujeres 

y la corte y los salones?' 

¿Delirios, molicie, calma, 

mentira en el corazón? 

Esos, Marquesa, no son 

los sueños que abriga el alma. 

Allí, cuaudo una victoria 

se consigue, el hombre es hombre; 

¿quién no quiere orlar su nombre 

con el laurel de la gloria? 
Marq. (Som-iéndose.) Si un golpe mortal le hiere 

acaba allí su altivez. 
Conde, (con emoción.) ¡Se muere sólo una vez! 

¡Y es tan feliz el que muere! 

MARQ. (Mirándole fijamente y con interés marcado.) 

¿Qué dice usted? 
Conde. Esta calma 

la juzgo suplicio atroz. 
Marq. (Tobada.) ¿Suplicio? ¡No sé!... (¡La voz 

de este hombre me llega al alma!) 

Hoy un supremo placer 

que el hombre debe gozar, 

y que no puede evitar: 

el amor de una mujer. 
Conde. (Se estremece. ) ¡Una mujer! 

MARQ. (Con coquetería esforzándose.^ En Madrid, 

lejos del recio combate, 
¿cómo cuando el pecho late 
se esquiva un amante ardid? 
Diga usted: un militar 
que á sus enemigos halla 
en un campo de batalla, 
¿qué es lo que hace? 



Conde. ¡Pelear! 

Marq. Mas faltara á su deber 

batiéndole cuando fuera 

débil. 
Conde. ¡N'o, mientras no huyera. 

Marq. (Riéndose.) ¿Y huye nunca una mujer? 
Conde. (Aturdido.) Yo no entiendo esa cuestión. 

que es impropia de un soldado: 

nunca, señora, me ha dado 

un latido el corazón. 
Marq, L'n soldado que no ama 

no sueña con la victoria; 

¿con quién comparte su gloria 

sin el amor de una dama? 
Conde. Nunca esa jerga entendí 

de suspiros y miradas 

y cartas apasionadas 

y llantos y frenesí. 

Siempre he vivido contento 

sin estar enamorado; 

la mujer no me ha robado 

un minuto el pensamiento. 

Siempre en la lid, cual guerrero. 

no be sentido otra emoción 

que la gloria; el corazón 

tengo, Marquesa, de acero. 
Marq. Sí, pero llegará el dia 

en que deba usted amar, 

que al fin habrá de encontrar 

una mujer... 
Conde. ¡No á fe mia! 

Marq. (con grada.) Cuando tropiecen sus ojos 

con unos ojos de fuego, 

su luz dejarále ciego... 
Conde. Amor siempre me dio enojos; 

en vano se empeña usted, 

que no es fácil conmoverme; 

ninguna podrá cogerme 

preso en amorosa red. 

¡Libre de amar me contemplo! 
Marq. Viendo una mujer hermosa, 

sensible, esbelta, graciosa... 



— 26 - 

CONDE. (interrumpiéndola vivamente.) 

Sí; como usted, por ejemplo. 

MaRQ. (Riéndose con fuerza.) 

¡Olí! ¿qué quiere decir esto? 
¡Cómo! ¿galante un soldado? 
¡Usted sin duda ha olvidado 
la consigna de su puesto! 

CONDE. (Con despecho.) Yo? 

Ma:.q. Sí; no forme usted planes, 

que siempre, según la historia, 

rohó una mujer su gloria 

á los grandes capitanes. 

Marco-Antonio fué soldado, 

y del campo desertó... 
Conde, (con disgusto.) ¡Era un loco! 
Mauq. ¿Loco?... ¡No! 

Más que loco: ¡enamorado! 

Ve usted, Conde, que me fundo; 

una mujer... 
Conde. ¡Juraría!... 

M.AKQ. No jure usted. 
Conde. Y la mía, 

¿dónde está? 
Marq ¿Dónde? ¡En el mundo! 

( Van á entrar Julio y Carlos y se detienen en la puerta.) 

ESCENA XI. 



MARQUESA, CONDE, JULIO, CARLOS. 

Carlos. (¡Al)! 

Julio. Vé, Carlos, como están 

en tierno coloquio. 
Carlos. Sí: 

¡siento arder la sangre aquí! 

(Señalando á la cabeza. ) 

Julio. No muestres tu loco afán.) 

(La Marquesa vuelve la cabeza y los ve; ellos se 
adelantan; la Marquesa y el Conde se levantan.) 

Marq. ¡Oh, señores! ¡bien venidos! 

¿á la puerta se quedabau? 
julio. Sí: porque vimos que estaban 



ustedes entretenidos. 
Mahq. ¡Siempre irónico! 
Juno. (Ap. á ia Marquesa.) Marquesa. 

nada, nada se me esconde. 
Mahq. (Burlándose.) ¿De veras?.. . — El sefjor Conde 

de la Paz honra mi mesa. 

CONDE. Yo... (Sorprendido.) 

Makq. No hay disculpa. 

Conde. Señora... 

Makq. Si ha de ser usted mi amigo 

hoy ha de comer conmigo. 

Y por cierto que ya es hora . 

(Se acerca i la mesa y loca un timbre.; 

ESCENA XII. 

DICHOS, D. LINO,: SOFÍA. 

Lino. Aquí estamos. 

Makq. Prima, tio, 

os presento al vencedor 

de España, al conquistador 

de la paz. 

(D. Lino se adelanta con énfasis y da la mano al 
Conde.) 

Lino. Muy señor mió. 

Conde. Á los soldados, Marquesa, 
nos gustan poco las flores. 

(Ramón se asoma á la puerta.) 

Map.q. ¡Justicia, Conde! — Señores, 
la sopa aguarda en la mesa. 

(julio y Carlos ofrecen el brazo á la Marquesa, pol- 
los dos lados.) 

Jllio y Carlos. El brazo. 

MaIiQ. (Mirándolos y sonriéndose.) 

¿El brazo?... ¡Por Dios 

que en compromiso me veo! 
Julio. Yo, Marquesa... 
Carlos. Yo... 

Marq. Deseo 

que iguales qo.eden los dos. 



- 28 — 

(Se dirige al Conde.) 

General, el brazo. ¿Puedo 
tomarlo? 

(El Conde, agitado, presenta el brazo, en rjue se apo- 
ya la Marquesa.) 

Conde. ¡Pues no, señora! 

Carlos. (¡Oh!) 

Jui.IO. (Mirando d Carlos y haciendo un g-esto.) 

¡Bien! 
(-onde. (¿Me prefiere? ¡Ahora 

es cuando le tengo miedo!) 
Marq. Vamos. (¡Ya es mio!j (Salen.) 

CaI'.LOS. (Exasperado, ap. á Julio.) (¡Por él 

nos desaira! 
Julio. Sí: no es broma. 

Carlos. ¡Venganza! 
Julio. ¡La carta! 

Carlos. ¡Toma!) 

(Saca un papel y lo da á Julio, que se retira ¿ un 
lado á leerlo.) 

Julio. (¡Oh! ¡venturoso papel!) 
Lino. Vamos, aguardando estoy; 
da el brazo á Carlos, Sofía. 

(Carlos maquinalmente presenta el brazo.) 

Sofía. ¿Estás triste? 

LlNO. (Señalando la puerta.) No, hija mia. 

Sofía. ¿No? ¡dichosa entonces soy! 

(Salen. D. Lino se acerca á Julio, que leía la enr- 
ía con sonrisa maliciosa; al oir su nombre la guarda 
aparentando misterio.) 

Lino. Julio. 

Julio. ¡Já, já! La mujer 

es veneno. 
Lino. ¡Y muy activo! 

Julio. Estoy por lo positivo. 

Lino. Y yo. 
Julio. Vamos á comer. 

(Salen cogidos del brazo.) 

FIN DEL ACTO PRIMERO. 



ACTO SEGUNDO. 



Jardín alumbrado con globos trasparentes. — Fachada 
interior de la quinta, al fondo y á la derecha, con 
balcones en el piso principal y rejas debajo; la fa- 
chada vuelve en el primer bastidor, dejando ver par- 
te de un balcón y reja; debajo del primer balcón de 
la derecha, una puerta con dos escalones. — Las rejas 
del fondo están abiertas, viéndose un salón ilumi- 
nado y la concurrencia que cruza y baila. — A la iz- 
quierda la prolongación del jardin, y en segundo 
término se descubre parte de un cenador. 



ESCENA PRIMERA. 

•II LIO está sentado en un poyo, tonando un sórbele; CAR- 
LOS se pasea agitado. Se oye música dentro y bailan. 

•lUI. 10. (Deja el plalillo en el poyo y se levanta.) 

Tengo mucha perspicacia; 

Carlos, ¿te vas convenciendo 

de que los mozos del día 

sabemos más que los viejos? 
Carlos. ¡Está mi pulso agitado! 

¿será fiebre? 
Julio. Ya lo creo; 

la higiene prescribe al hombre 

que tome el amor con tiento. 



30 - 



El amor es amor propio; 
y cuando alaca al cerebro, 
corre peligro la vida 
en un derrame de celos. 

Carlos. ¡Tú siempre igual! ¡me consumes! 
¡Siempre frió! 

Jumo. (Riéndose.) ¿No estás viendo 
que el sorbete me ha robado 
el calor? Soy todo hielo. 

Carlos. Te engañan las apariencias. 

Julio. Garlos, decírtelo siento, 

pero estás malo, muy malo; 
y yo voy á ser tu médico. 
El Conde vino á esta casa 
arrastrado por el cebo 
que la Marquesa le puso, 
y ya se clavó el anzuelo. 

Carlos. ¡Suposiciones! 

Julio. ¿No viste 

que demostró fuerte empeño 
en que viniera á su quinta? 
¿no viste en coloquio tierno 
á los dos esta mañana? 
¿no viste con qué desprecio, 
por apoyarse en el Conde, 
desairó los brazos nuestros, 
dejándonos en postura 
académica? ¿no es cierto? 
Después, ¿no viste en la mesa 
aquel dulce tiroteo 
de palabras fervorosas 
y de miradas de fuego; 
aquella solicitud 
para servirle primero; 
aquel ayuno forzoso, 
y aquel continuado obsequio, 
mirándole con ternura, 
como quien dice: «te quiero, 
y es tu amor para mi estómago 
el más sabroso alimento?» 
¿no viste con qué interés 
le habló de la guerra, y luéso 



— 51 — 

del mundo y de sus achaques?... 

¿Y se hablabau en silencio!... 

¡Un guardacantón de piedra 

no resiste á esos extremos! 

¿Y no viste su abandono 

en el baile? ¡Era un mareo! 

Es verdad: no viste nada; 

eres, como amante, ciego. 
Carlos. Sí, Julio; tienes razón, 

y de ella vengarme debo. 
Julio. Es claro. Escribí esta siesta 

un folletín... ¡qué soberbio! 

á la imprenta irá mañana. 
Carlos. ¿Va la carta? 
Jumo. Por supuesto. 

¡Qué semblanza! Su retrato, 

Carlos, me salió perfecto. 

Y digo cosas... ¡qué cosas! 

El grito pondrá en el cielo. 
Carlos. ¿La calumnias? 
Julio. No: la copio, 

y basta; sabes que tengo 

odio á todas la mujeres; 

es inútil ese sexo 

que no sirve para nada, 

y con sus tramas y enredos 

y su amor, inhabilita 

á hombres de mucho provecho; 

seré grande, pues de ellas 

prescindí desde pequeño. 

(La Marquesa abre la puerta «le la derecha, va á sa- 
lir y se detiene.) 

ESCENA II. 

DICHOS, MARQUESA. 

Cutios. Yo necesito vengarme; 

pero ultrajarla no quiero, 

porque la adoro. 
Jouo. Mañana 

me darás gracias. 



— 32 — 

Carlos. No creo... 

Jumo. Es atroz el folletín; 

su carta es un documento 

que la confunde. 
Marq. (¿Qué dice?) 

Juuo. (Riéndose.) Impresa ha de verla el pueblo. 
Marq. (¡Si viera el Conde esa carta! 

¡Ah! no: arrancársela debo.) 

(Cierra la puerta y baja. Julio la saluda con son- 
risa graciosa.) 

Julio. ¡Oh! ¡Marquesa! en los salones 

echarán á usted de menos. 
Marq. Sí? 
Jn.io. ¿Subió usted á su cuarto 

para hablar con el espejo? 
Marq. (con ironía) Justamente; usted conoce 

las flaquezas de mí sexo; 

una arruga á veces roba 

la gracia de un talle esbelto. 

¡Somos tan superficiales 

las mujeres! 

JlXIO. (Con fatuidad.) Es defecto 

de la educación. 

(Tocan dentro un vals.) 

.Marq. El vals. 

Carlos, si mal no recuerdo 

es el de usted. 
Carlos. (Agitado.) Sí, señora. 
Mauq. Cuando usted guste. 
Julio. (¡Qué necios!) 

(La Marquesa cruza para dar el brazo á Carlos, y 
dice al oido á Julio.) 

Marq. Á las dos aquí. 

JULIO. (Se vuelve repentinamente.) ¡Marquesa! 

Marq. (á Carlos.) Vamos. (¿Por qué tengo miedo?) 

(Al salir, aparece el Conde, que al verlos se queda 
inmóvil al fondo. La Marquesa se estremece.) 



ESCENA III. 



JULIO, CONDE. 

Julio. (¿Á las dos? ¿Me da una cita?... 
Lo que quiere decir esto 
es que me teme. Ya es tarde: 
me desdeñó en otro tiempo.) 

(Ve al Conde y se adelanta.) 

¡Hola, general ilustre! 

¡qué tal? 
Conde. (Con disgusto.) Me estoy divirtiendo. 
Julio. Sí: los placeres del baile 

para usted serán muy nuevos. 
Conde. ¿Los placeres? Sí, señor; 

¡un baile es de gran efecto! 
Julio. De ese modo se divierten. 
Conde. ¿No baila usted' 
Julio. (Con asombro.) ¡Ya soy viejo! 
Conde. ¿De veras? (sorprendido.) 
Julio. Estoy gastado; 

y en mi posición no puedo... 
Conde. Ha madrugado usted mucho. 
Julio. Hoy nace el hombre sabiendo. 
Conde. ¿Es usted sabio? 
Julio. (Con petulancia.) Así dicen 

las gentes, y yo lo creo. 
Conde. Y ¿qué sabe usted? 
Julio. De todo; 

soy un hombre enciclopédico: 

murmuro, monto á caballo, 

soy en las armas muy diestro, 

desacredito á las damas, 

escribo revistas, juego... 
Conde. ¡Basta! ¡es usted todo un hombre 

con tales conocimientos! 
Julio. ¡Oh, señor Conde! ¡mi pluma 

ha de llevarme muy lejos! 
Conde. La pluma pierde las alas 

cuando se moja en veneno; 

con una bastarda pluma 

3 



nunca se eleva el talento; 

la prensa corrige, enseña; 

la prensa no es el libelo; 

el escritor recto, digno, 

es un noble misionero; 

y el libelista es un sapo 

que vive y muere entre cieno. 
Julio. Palabras, Conde, palabras 

que yo no escucho. 
Conde. Lo creo. 

Julio. Me hago lugar en el mundo; 

las gentes me tienen miedo; 

soy ambicioso, y es fácil 

que me eleve á un alto puesto. 
Conde. (Con ironía.) Es muy justo. 
Julio. Me persiguen 

las damas; yo las desprecio. 
Conde. ¡Oh! ¡muy bien! 
Julio. Son las mujeres 

frivolo entretenimiento 

para los desocupados 

que quieren pasar el tiempo. 
Conde. (¡Qué títere!) 
Julio. La Marquesa 

me acosa; no hace un momento 

que me dio una cita. 

CONDE. (Se estremece.) ¡Cómo! 

Trate usted con más respeto... 
Julio. ¿Se interesa usted por ella? 
Conde. (Reponiéndose.) ¿Interés yo? No por cierto. 

¿Y esa cita? 
Julio. (Con malicia) Es inocente; 

ella es mujer: murmuremos. 
Conde. La murmuración... (con disgusto.) 
Julio. ¡Es sabia! 

Hay una carta por medio 

que verá la luz muy pronto. 
Conde. ¡Una carta? 
Julio. Sí: es un juego 

de azar el amor: con Lara 

jugar quiso, y va perdiendo. 

Usted puede convencerse 



ÓO — • 

viniendo á este sitio luego; 

á las dos me dio Ja cita. 
Conde. ¡Si usted la calumnia!... 
Julio. Bueno; 

venga usted al dar las dos, 

porque yo al salón rne vuelvo. 

Hasta después. (.Este tiene 

ya la pildora en el cuerpo; 

me voy á buscar á Carlos 

para contarle el suceso.) (váse.) 

ESCENA IV. 

SONDE. 

¡Ese miserable miente! 
¡Una cita!... ¡Lucharemos! 
¡Ah! ¡Dios mió! dame fuerzas, 
que esa mujer es mi infierno. 
¡Yo, que arrostré los peligros 
de los combates, sereno, 
y que desprecié la muerte, 
sin que el corazón de hierro 
me diese un latido más, 
cuando á mi lado la veo, 
el corazón me palpita 
como el de un mozo inexperto 
que oye por la vez primera 
romper en el campo el fuego! 
¡Esa mujer!... ¡quince años!... 
¡Terrible suerte!... ¡La quiero 
con toda el alma!... ¡Ella viene! 

(Haciendo un esfuerzo y poniendo la mano sobre e 1 
corazón.) 

¡Escondo aquí mi secreto! 
ESCENA V. 

CONDE, MARQUESA, con un ramillete en la mano. 
MaIiQ. (Sonriéndose.) 

¿Como al general encuentro 



- o6 



retirado del bullicio? 
Conde. Señora, tengo juicio; 

la soledad es mi centro. 
Mauq. Ese mundo, general, 

á primera vista asusta, 

y por regla, no le gusta 

al que lo conoce mal. 
Conde. Usted goza en ese mundo 

porque los hombres la miran 

y la obsequian. 
Marq. No: me inspiran 

todos un desden profundo. 

La lisonja es una ofrenda 

que recibimos por gala, 

mas no hay un hombre en la saía 7 

general, que me comprenda. 

Todos me dan su pasión; 

pero ninguno repara 

que al descubrirles la cara 

les escondo el corazón. 

Los conozco, pero ignoran 

que guardo solo... sus nombres; 

aquí tiene usted los hombres 

que en ese mundo me adoran. 

Como ellos, con la careta 

me cubro; les doy desprecios, 

y á todos los llamo necios. 

CONDE. ¿Y ellos? (Con intención.) 

Marq. (Con desden.) Me llaman coqueta. 
Conde. (Con desprecio.) La coqueta es una flor 
sin aroma, codiciada... 

MaRQ. (interrumpiéndole.) 

Tiene su esencia guardada 

en el cáliz de su amor. 

Y aunque va de mano en mano 

nadie la marchita, Conde, 

que siempre su esencia esconde, 

porque es el hombre un gusano. 

(Saca una camelia del ramillete.) 

Las camelias bellas son; 

(La acerca á la nariz.) 

nada prestan al olfato... 



- 37 — 

Esta ñor es el retrato 

de la mujer de salón. 

¿No le agrada á usted? 
Conde, (con disgusto.) Señora... 

Marq. Ya ve usted, aquí no hay arte. 
Conde. Pero... 
Marq. (Riéndose.) Me olvidé que Marte 

está reñido con Flora. 
Conde. No comprendo... 
Marq. General, 

á pedir un trueque voy; 

esta camelia le doy 

por la cinta de su ojal. 

(Va á acercarse, y e! Conde se retira exaltado, 
briendo la cinta con las manos.) 

Conde. ¡La proposición es bella! 
Maquesa, ¿no sabe usté 
que esta cinta la ganó 
en el sitio de Morella? 

MARQ. (Irónicamente.) 

Como recuerdo de historia 

la guardaré. 
Conde, ¡No, á fe mia! 

¡Por nada en cambio daria 

un pedazo de mi gloria! 
Marq. ¿Premia una cruz el valor 

que se muestra en buena liza? 

También la flor simboliza 

una conquista de amor. 

Laureles al militar 

amor y guerra le ofrecen, 

y ambos al hombre ennoblecen 

(Con intención.) 

si sabe el hombre triunfar. 
Al combatir, la pasión 
deja el guerrero olvidada; 
mas cuando duerme la espada 
se despierta el corazón. 

(Tocan dentro la mizurka.) 

—¿No oye usted, Conde, la orquesta? 
La mazurka nos reclama; 
baile usted con una dama 



— 58 - 



Conde. 
Marq. 

CONDE. 



Marq. 



Conde. 
Marq. 

Conde. 



Marq. 
Conde. 



Marq. 
Conde. 
Marq. 

Conde. 
Marq. 
Conde. 
Marq. 

Conde. 



y ie agradará la fiesta. 

(Con espanto.) ¡Yo bailar! ¡broma seria! 

¿Con una bella?... 

¡Bailar! 
¡No sé más que pelear! 

(Sonriéndose.) 

Yo mismo me asustaría. 
Á Hércules, aquel tebano (con gracia.) 
atleta, fiero y gigante, 
¿no se le vio por su amante 
con una rueca en la mano? 

(Se apoya en su brazo con coquetería.) 

—Venga usted; en el salón 
lucen mil bellas; ¿no hay una 
que hoy alcance la fortuna 
de robarle el corazón? 

No. (Aturdido.) 

¿Es posible? 

¡Y no me pesa! 
(¡Oh! ¡me vence esta mujer, 
y no me sé defender!) 
¿Vamos? 

(Con decisión.) Sí! 

(Dan las dos. La Marquesa se detiene violenta- 
mente y suelta el brazo. ) 

¡Las dos! 
(Sorprendido.) ¡Marquesa! 

(Reponiéndose y aparentando indiferencia.) 

Conde... 

¿Se pone usted mala? 
¿Por qué? 

Ese estremecimiento... 
No es nada: voy al momento; 
aguárdeme usté en la sala. 
Está bien: aguardaré. 
(¿La cita con Julio? Sí! 
¡Calma! ¡valor! Desde allí 

(Señala al cenador.) 

todo escucharlo podré.) 

(Se interna en el jarain.) 



- 39 - 
ESCENA VI. 

MARQUESA. 

\khl me vendió á mi pesar 
la conciencia; estoy inquieta; 
el haber sido coqueta 
lágrimas me ha de costar. 
¡El Conde! ¿por qué su nombre 
entre sueños me ha acosado? 
¡Mi calma al fin ha turbado 
el pensamiento de un hombre! 
Me infunde el Conde respeto 
y de sí me arrastra en pos; 
¡mft domina! ¡Entre los dos 
existe un lazo secreto! 
Cual mariposa crucé 
por entre la luz volando, 
y con el amor jugando 
en el amor me abrasé. 
Me lia vencido; su impresión 

(Señalando al pecho.) 

aquí grabada la siento; 
me corta su pensamiento 
las alas del corazón. 
— ¿Alguno se acerca? Sí: 

(Mirando al fondo.) 

¡Carlos y Julio! ¿Por qué 
vienen juntos? Volveré; 
no deben hallarme aquí. . 

(Sale por delante d-el cenador, 'y por detrás llesav 
Julio y Carlos.) 

ESCENA Vil. 

JULIO, CÁRI.OS. 

Julio. ¿Cruzar no viste una sombra? 
Carlos. Sí. 

Julio. Carlos, ella seria. (Mira el reloj.) 

Las dos. No tardará mucho, 



- 40 - 

que le interesa la cita. 
Caklos. Y ¿qué tendrá que decirte? 

No comprendo... 
Juli o. Alguna intriga; 

ó ¿quién sabe?... Es caprichosa; 

querrá apuntarme en su lista. 

Chasco se lleva: soy hombre 

que no sucumbo; me inspiran 

horror las mujeres. 
Caklos. Julio, 

¡esa mujer me fascina! 
Julio. Es muy dulce la venganza; 

ya verás si mi revista 

hace efecto; como un guante 

se ablandará; es cosa fija. 
Carlos. La venganza será dulce; 

mas te juro que la cita 

de mi mente no se aparta. 
Julio. Bah! ¿la quieres todavía? 

Te dejo solo; ella viene, 

y le pides que te diga 

lo que tiene que contarme. 
Caklos. ¡Qué, Julio! ¿te atreverías?... 
Julio. ¡Pues no! yo me atrevo á todo; 

es una cosa sencilla. 
Caklos. Vete. 
Julio. En el salón te aguardo: 

allí hablaré con Sofía: 

te busca por todas partes 

con inquietud; ¡pobre niña! (Sale riéndose.) 

ESCENA VIH. 



¡Oué alma tan negra! ¡Y tan joven! 
Á la venganza me anima, 
y me avergüenza vengarme 
porque es noble el alma mia. 

(Mirando ¡lacia el fondo.) 

¿Una mujer?. . ¡La Marquesa! 
¡Ay! ¡era verdad la cita! 



— 41 — 

ESCENA IX. 

CARLOS, la MARQUESA. 



Marq. 


(NO está.) ¡Don Carlos! (Deteniéndose.) 


Carlos. 


Me extraña 




la sorpresa. 


Marq. 


(Turbada.) No Creía... 


Carlos. 


¿Esperaba usted sin duda 




á una persona querida? 


Marq. 


(Con dignidad.) ¡Lara! 


Carlos. 


¡Lo sé todo, todo! 


Marq. 


¡La explicación de ese enigma 




exijo al punto! 


Carlos. 


Marquesa, 




usted suplicar debia, 




no exigir. 


Marq. 


¿Con qué derecho? 


Carlos. 


Cuando una mujer olvida 




que contrajo un compromiso. 




á los hombres autoriza 




á ser jueces de su causa; 




yo... 


Marq. 


(Exaltada.) ¡Carlos, usted delira! 


Carlos. 


Si delirio son los celos; 




¿cómo no deliraría? 




— Son las dos: usted, señora, 




¿á Julio no dio una cita? 


Marq. 


¿Y usted sabe?... 


Carlos. 


Sí. 


Marq. 


¡Villano! 


Carlos. 


Notoria es su villanía, 




mas no es del caso, Marquesa; 




espero que usted me diga... 


Marq. 


Lara, también lo sé todo; 




conozco la trama inicua 




que dos hombres generosos 




contra una mujer maquinan; 




¡es un noble pensamiento 




abrir en su honra una herida 



— 42 — 

que nada cierra! 
Carlos. (Turbado.) ¡Señora! 

Marq. ¡Dar con intención maligna 

cebo á la maledicencia 

por una inocente epístola! 

¡Vengarse de una mujer, 

y de esa manera indigna! 

¡No, no, Lara! ¡un pecho noble 

nunca la venganza abriga! 
Carlos. Sí, Marquesa; lo confieso, 

fui débil. Julio me incita. 
Marq. Es verdad, ¡tan ruin idea 

sólo en su mente cabria! 

¡Siempre Julio en mi camino! 

¡ese hombre es mi pesadilla! 
Carlos. Me víó presa de los celos, 

que sin piedad martirizan, 
' y me ofreció la venganza 

como bálsamo que alivia 

este dolor; tuve fiebre, 

y sin saber lo que hacia, 

le di la carta. 
Marq. ¡Mi carta! 

¡Carlos, parece mentira! 
Carlos. Marquesa, mi calentura 

no ha cesado todavía. 
Marq. ¡Carlos, yo quiero esa carta! 

¡Carlos! 
Carlos. (Cor. emoción.) ¿Usted me suplica? 

¡Oh! ¡mándeme usted, señora, 

y obedezco de rodillas! 
Marq. ¡Mi carta! 
Carlos. ¿Usted lo desea? 

Marq. ¡Lo exijo! 
Carlos, (camoii de tono.) ¿Exigir? 
Marq. (¡Vacila!) 

Carlos. ¿Por mi amor? 

MaRQ. (Duda un momento.) Si. 

Carlos, (con desvarío.) ¡Soy dichoso! 

¿Qué trance no arriesgaría? 
¡Yo le arrancaré la carta 
ó le arrancaré la vida! 



_ 43 - 

(Se oye rumcr de voces á la izquierda y á Julio que 
rie á carcajadas. ) 

Marq. ¡Él viene! 

Carlos. (Fuera de sí ) ¡Corro en su busca! 

Marq. ¡No, no! comprometería 

mi nombre; temo á su lengua. 

Cuando salga de la quinta 

esta noche... ¡Ya se acerca! (Aturdida.) 

¡Corra usted! 

CARLOS. (Va á salir por la izquierda y se detiene.) 

Si me divisa... 
Aquí me escondo. 

(Se dirige á la puerta de la derecha.) 

Marq. ¡No, Carlos! 

¡esa habitación es mia! 
Carlos. ¿Dónde? 
Marq. (Decidiéndose.) Entre usted. 

(Carlos entra y cierra.) No le han V'istO. 

¡Lara, ya no soy la víctima! 

(Llega Julio riéndose.) 

ESCENA X. 

La MARQUESA, JULIO. 

Julio. ¿Aquí usted, Marquesa? Estoy 

atacado de la risa. 

Es el lance más chistoso ... 

Estaba la condesita... 
Marq. (Con ¡ra.) Puede usted aprovecharlo 

en su próxima revista, 
Julio. Me lo dice usted de un modo... 

¿Es gravedad ó ironía? 
Marq. ¡Es desprecio! 
Julio. No: es despecho 

porque no acudí á la cita; 

ya subsanaré esa falta (Burlándose.) 

en mi próxima revista. 
. Léala usted. 
Marq. Yo? ¡Desprecio 

cuanto usted hace me inspira! 

(Sale mirándolo con altanería. I 



_ 44 — 

ESCENA. X!. 



JUMO, después el CONDE. 

Julio. ¡Hola! ¿hay nubarrones hoy? 
¿Me insulta? ¡Me vengaré 
antes de tiempo! ¡Daré 
un escándalo!... Allá voy. 

( Va á salir precipitadamente, pero le detiene el Con- 
de, que sale del cenador muy agitado.) 

Conde. ¡Atrás! 

Julio. ¿Me cierra usté el paso? 

(El Conde trae á Julio al proscenio cogido por el 
brazo.) 

Conde. Venga usted. 

Julio. (¡Qué brusco!) Conde, 

¿conque usted también so esconde? 

¿Era verdadero el caso? 

Yo publicaré en su mengua... 
Conde. ¡Es usted un miserable! 
Julio. ¡Conde! 
Conde. ¡Para que no hable, 

yo le cortaré la lengua! 
Julio. ¡Pues fuera cosa de ver!... 

¡Un insulto! INo tolero... 
Conde. ¡No es noble ni caballero 

quien degrada á una mujer! 
Julio. (Con énfasis.) La ofensa no es merecida; 

está usted acalorado; 

general, nada ha pasado; 

le perdono á usted la vida. 

(Va á salir y el Conde le detiene.) 

Com)e. Gracias.— ¡Uno de los dos 

morirá! 
Julio. ¿En este jardín? 

Conde. ¡Salgamos! 
Juno. (Con ironía.) ¿El paladín 

elige el juicio de Dios? 
Conde. Razón tengo; Dios es justo; 

él da valor á mi brazo. 
Julio. Conde, marque usted el plazo, 

porque quiero darle gusto. 



Conde. 
Julio. 



Conde. 



— 4o — 

Mañana. 

Mañana, sí. 
¡Encuentra usted todo un hombre! 
(¡Este duelo me da nombre!) 
Espéreme usted aquí. 

(Entra por la puerta de la derecha.) 

. ESCENA XII. 



¡Oh! me batiré; no crea 
que su fama me ha asustado... 
— ¿En la habitación ha entrado 
de la Marquesa?... ¡Qué idea! 
¡Es sublime pensamiento! 
¡Al Conde t<mgo en mi mano! 
¡Bien! No dirá el mundo en vano 
que tengo mucho talento. 

( Se dirige i la puerta, cierra y quita la llave.) 

Á la fiera tengo presa; 

doy la alarma en el salón, 

y al venir tras un ladrón, 

comprometo á la Marquesa. 

¿En su cuarto el general? 

¿qué dirán? ¡Pobre mujer! 

¡Ay! ¡qué cara va aponer (Riéndose.) 

Carlos! Le sabrá muy mal. 

(Dan golpes en la puerta.) 

¡Já, já! — ¿Llaman? No abriré; 
lo que le aguarda no sabe. 
Bulla habrá; con esta llave 
mi folletín cerraré. 

(Guárdala llave y sale riéndose. En seguida apare- 
cen Carlos y el Conde en el balcón de la esquina que 
hace frente al público.) 

ESCENA XIII. 



CONDE, CARLOS. 

Conde. (Con ira.) ¡El miserable se va! 
Carlos. ¡Infame!... Conde, ¿qué hacemos? 



— 46 — 

Conde. ¡No sé! 

Carlos. Salvarla debemos. 

Conde. ¡Coa su sangre pagará? 
Carlos. Á cualquier precio... 
Conde. ¿Al salón 

ha vuelto? 
Carlos. Van á llegar. 

Conde. Nos debemos descolgar, 

Carlos, por aquel balcón. 

(Señala á la tierecha. Carlos se retira y el Conde mi- 
ra con avidez. Pausa.) 

— Con tiento, arrójese usté. 

Hay reja. (Se oye el ruido del cuerpo al caer.) 

Ileso llegó. 
¡Bravo, Carlos!— Ahora yo. 
• La honra suya salvaré. 

(Se retira del balcón. Al mismo tiempo sale Carlos 
por el primer bastidor, algo desordenado el traje y 
con los guantes rotos; se arregla aquel y se quita 
estos.) 

ESCENA XIV. 



CARLOS, después la MARQUESA. 

Carlos. Gracias á la reja, pude 
ileso al suelo llegar. 
¡Ah, Julio! ¡toda tu sangre 
mi venganza calmara'! 

.\ÍARQ. (Muy agitada.) 

Carlos, ¿qué pasa? Un suceso 
raro... ¿El Conde de la Paz?... 

Carlos. ¿Qué motiva el sobresalto 
de su rostro? 

Marq. ¿Dónde está? 

Noto en la sala un murmullo, 
y he visto á Julio llegar 
hablando en secreto á todos; 
la sorpresa es general. 
¡Alguna trama! ¡Ese hombre 
es una calamidad! 

Carlos. (¡No baja el Conde!) Señora, 



- 47 — 

el Conde encerrado está 
en ese cuarto. 
Marq. ¿En el mió? 

(Se dirige á la puerta y empuja.) 

¡Oh! ¡la llave! ¡Qué maldad! 
Carlos. Marquesa, Julio la tiene. 
Marq. (con cólera.) ¡Voy á mandarlo arrojar 

de casa por mis criados! 

¡Osadía sin igual! 

(En voz alta.) 

¡Señor Conde! ¡señor Conde! 

¿Cómo se ha atrevido á entrar 

en mi habitación? ¿Qué es esto? 
Carlos. ¡Una infamia! Á la verdad 

hay un misterio, Marquesa, 

que no me acierto á explicar. 
Marq. (impaciente.) ¿Pero no contenta? 
Carlos. El Conde 

por el balcón bajará. 
Marq ¿Por el balcón? 

(Se oye rumor de voces.) 

Carlos. Ya no es tiempo. 

(Se dirige al fondo.) 

Mauq (Sobresaltada.) ¿Viene Julio? 
Carlos. ¡Y muchos más! 

Mauq. ¡Quiere perderme! 
Cuti.os. (volviendo al proscenio.) Marquesa, 
¡ese mozo morirá! 

(Salen Julio, D. Lino, señoras y caballeros, hablando 
acaloradamente.) 

ESCENA XV. 

DICHOS, D. LINO, JILIO, SEÑORAS y CABALLEROS. 

Jumo. Digo que lo he visto; ustedes 
pronto se convencerán. 

MARQ. (Muy agitada, pero queriendo aparentar calina.) 

¿Qué es lo que ocurre? 
.Julio. Marquesa, 

¿no sabe usted nada? ¡Bah! 
Aquí estaba hace un momento, 



— 48 - 

y en ese cuarto vi entrar 
un hombre, muy agachado, 
con intención criminal 
sin duda; corro á la puerta 
y echo la llave: aquí está. 

(Saca del bolsillo la llave.) 

Volví al salón; el ratero 
no se nos puede escapar; 
siendo tantos, es difícil 
que haga frente. Voy allá. 

CABAL!,. Sí, SÍ. (Adelantándose.) 

Señoras. (Retirándose.) ¡No, no! 

JüLíO. (A'p. alas señoras deteniéndolas.) No asustarse, 

que es el Conde de la Paz. 
Conde. (Hay gente? El sitio es oscuro (Dentro.) 
y subir rio me verán.) 

JULIO. (Presenta la llave á D. Lino.) 

Entre usted, señor don Lino. 
Lino. Yo no soy municipal. 

Me asusta el crimen de cerca. 

JULIO. Pues entraré SOlo. (Dirigiéndose á la puerta.) 

Carlos. (Se pone delante.) ¡Atrás! 

El cuarto de una señora 

es muy sagrado. 
Julio. Es verdad; 

pero si alguno, escondido, 

la quisiera asesinar, 

¿no debemos protegerla? 

Voy adentro, 
Carlos. No entrarás'. 

Lino. Iremos todos. 
Julio. Sí, todos. 

(Golpean en la puerta con la mano; los caballeros re- 
troceden; las señoras se asustan.) 

Todos. ¡Llaman! 

Lino. (Retirándose.) ¡El ladrón será! 

Carlos. (¡Es el Conde!) 

Maro. (¡Estoy perdida!) 

Lino. (¡Buena gresca se va á armar!) 

(julio abre la puerta y aparece el Conde .disfrazado 
de viejo, como en el primer acto.) 



49 



ESCENA XVI. 



DICHOS, CONDE. 



Todos. ¡Ah! 

Conde. Buenas noches, señores; 

¿qué bulla anda por acá? 
Julio. (¿Estoy soñando?) 
Marq. (Ap. á Carlos.) ¿Qué es esto? 
Lino. Señor sargento, ¿qué tal? (se adelanta.) 

(Los Caballeros y las Señoras se sonríen, señalando 
á Julio, que está aturdido.) 

Un cab. ¿Quién es, Julio? 

Conde. (Dirigiéndose á ellos.) El mayordomo 

soy del Conde de Ja Paz. 

Á usted, señora Marquesa, 

vine á esta casa á buscar: 

el amo se fué indispuesto, 

y recordó, estando allá, 

que salió sin despedirse; 

yo le vine á disculpar, 

pero equivoqué la puerta, 

y cuando me he vuelto atrás 

hallé que estaba cerrada... 

¡Cuál me miran! Es verdad; 

con esos trajes lujosos 

dice mi traje muy mal. 

¡Eh! que ustedes se diviertan; 

el amo aguardando está. 

(¡La he salvado! tuve tiempo 

para ir de traje á mudar.) 
Marq. (Detiene ai Conde.) ¿Y la dolencia del Co nde? 
Conde. (Con intención.) Es grave su enfermedad. 

porque es crónica, señora; 

pero al fin se curará. 
Makq. ¿Alguna herida? 
Conde. ¡Profunda! 

Marq. (¡Este hombre me hace temblar!) 

JlIMO. (Al Conde con ironía.) 

Que se alivie. (¡De mi asombro 
no vuelvo!) 



— oO 



C ONDE. 



Julio. 
Conde. 

Julio. 



Marq. 

Lino. 

Conde. 

Marq. 

Todos. 

Carlos. 

Conde. 



Marq. 



Julio. 

Caball 

Conde: 



Marq. 
Lino. 



(Vuelve al proscenio.) Lo principal 

se me olvidaba. ¿Quién es 

don Julio de Montalvan? 

Yo. 

(Le da una tarjeta.) Para usté esta tarjeta 

me ha entregado el general. 

(La coge y lee en voz alta.) 

Ya sé. — «El mariscal de campo 
Enrique de Santillan.» 

(La Marquesa da un grito, corre y arrebata la tarje- 
ta de manos de Julio. Todos la rodean.) 

¡Ah! 

¡Santillan! 

(Mirándole con calma.) Ese nombre 

lleva el Conde de la Paz. 
(¡Es Enrique, sí!) 

¡Marquesa! 
¿Qué le pasa á usted? 

(Con ironía.) Será 

algún ataque de nervios: 

hoy es de moda ese mal. 

(Muy alterada.) No tengo nada, señores. 

(¡Enrique de Santillan! 

¡Sí, sí! ¡por lo que sentía 

lo he debido adivinar!) 

(Todos se miran unos á otros cuchicheando y señalan 
á la Marquesa. Tocan dentro un vals.) 

(Anda el demonio en la casa, 
ó no lo comprendo.) 

¡El vals! 
Sigan ustedes bailando, 
que yo me voy á acostar. 
—Señora, duerma usted bien. 

(La Marquesa se estremece.) 

(¿Si yo durmiera?... ¡Quizá!) 

(Sale precipitadamente.) 

(con despecho.) (¡Corazón! ¿de qué me sirves?) 
¡Eli, señores, á bailar! 

(Los caballeros y las señoras se dirigen al salón.) 



RN DEL ACTO SEGUNDO. 



ACTO TERCERO. 



La misma decoración del acto primero. 



ESCENA PRIMERA. 

MARQUESA, sentada. D. LINO, entra por la derecha. 

Lino. Ya estoy de vuelta, sobrina. 

.MaíIQ. (Con interés.) ¡All! ¿IOS VÍÓ USted? 

Lino. En la fonda 

estaba Julio; el sargento 

dentro de un cuarto de hora 

de Madrid vuelve; el recado 

di con sigilo á una moza. 

Y con verlos, ¿qué pretendes? 
Marq. Evitar á toda costa 

el duelo; si uno sucumbe... 
Lino. (Sonriéndose.l Qué! cargarán las pistolas 

los padrinos... No hay cuidado. 
Marq. Es un alma generosa 

la de Enrique; es muy valiente. 

y no quiero que se exponga 

á morir en ese lance 

después de salvar mi honra. 
Lino. ¿El general es Enrique? 

¡Pasan en el mundo cosas! 

¿Quién le conoce? Era un niño 



— 52 — 

cuando se marchó de Europa; 

¡con la barba! ¡y quince años! 

¡y el nombre!... ¡Su cara es otra! 
Marq. Mi primer amor fué Enrique; 

le amé con el alma toda, 

y el primer amor, es cierto. 

nunca del pecho se borra. 

Acriminando su olvido 
me propusieron la boda 

con el Marqués; por despecho 

en ser consentí su esposa. 

Murió el Marqués; siendo joven 

me encontré en el mundo sola; 

me pretendieron, y tuve 

mil intrigas amorosas 

sin consecuencias: lomaba 
el amor... 
Lino. ¿Cómo una broma? 

Marq, Sí. — Me deslumhró en el Conde 

el resplandor de su gloria, 
que no es uno de esos fatuos 
que nos fastidian y acosan: 
almas vulgares, perdidas 
en la molicie, que adoran 
por costumbre y por estudio, 
que aprendieron de memoria 
cuatro frases de rutina 
y las repiten á todas. 
Me llegó su voz al alma; 
sentí en el pecho una cosa 
inexplicable; creía 
que era el amor, que trastorna 
el alma de una mujer 
cuando á alguno se aficiona; 
pero era un secreto instinto 
que revolviendo mi historia 
me presentaba á los ojos 
una página gloriosa; 
atrás vuelvo quince años: 
hoy mi corazón adora 
como entonces á mi Enrique, 
y con el recuerdo goza. 



Lino. (Sonnéndose.) Lo pintas de una manera 

y de tal modo lo elogias 

que casi te voy creyendo; 

¡con qué fuerza te impresionas! 
Marq. ¡Qué noche! ¡cuánto he sufrido! 

Conté en mi insomnio las horas 

llamando anhelante al día 

por verle; si no perdona 

el olvido en que le tuve, 

de fijo, me vuelvo loca. 
Lino. Es el amor de los hombres 

como el papel de la Bolsa, 

que hoy pierde todo el valor 

y mañana lo recobra. 

ESCENA II. 

DICHOS, RAMÓN, por la derecha. 

Ramón. Señora, aquí está el sargento. 

MARQ. Que pase. (Ramón se retira.) 

Lino. Te dejo sola, 

que en estos negocios graves 
un tercero siempre estorba. 
(Se casa; será ministro; 
y me conviene esta boda, 
que haré contratas muy buenas 
y negocios en la Bolsa.) 

(Entra por la segunda puerta de la izquierda. Por la 
derecha sale el Conde, disfrazado de viejo, como en 
ios actos anterioras.) 

ESCENA III 

MARQUESA, CONDE. 

Conde. ¿Me ha mandado usted llamar? 

¿á qué debo tal merced? 
Marq. Quiero tratar con usted 

de un grave asunto. 
Conde. (Sorprendido.) ¿Tratar? 

Marq. Tenemos que ser amigos; 



— 54 - 

tome usted asiento. 

CONDE. (Rehusando.) ¡Yo!... 

MaRQ. ¿Doy miedo? (Con risa forzada.) 

Conde, (con intención.) ¿Miedo? Á mí, no. > 

Marq. Bien: estamos sin testigos. 

Conde. Sin embargo... 

Marq. Me ha inspirado 

su persona simpatía. 

Siéntese usted. 
Conde. No osaría; 

pero soy subordinado, (ss sienta.) 
Marq. ¿Usted, Corrales, ignora 

que hoy se bate el general? 
Conde. ¿Ignorarlo yo? No tal. 
Marq. ¿Lo sabe usted? 
Conde. Sí, señora. 

M\rq. Evitar el desafio 

es preciso. 
Conde. Yo no puedo... 

Marq. ¡Y qué! ¿no tiene usted miedo? 
Conde. ¿Miedo? En su valor confio. 
Marq. No los dejaré reñir; 

¡ha de morir ó matar! 
Conde. Sabe el Conde pelear, 

y también sabrá morir. 
Marq. ¡No! ¡por hacerme un servicio 

su existencia va á exponer! 
Conde. Y ¿qué importa? Su deber (Riéndose.) 

es reñir: matar su oficio. 

Siempre estuvo peleando; 

esto le divertirá; 

y á ese mozo matará, 

que el Conde lo hace jugando. 

(La Marquesa se estremece.) 

Se da en la guerra al olvido 

al muerto; ¡son sus placeres! (Con intención,) 

Como olvidan las mujeres 

á los hombres que han querido. 

(La Marquesa le mira fijamente.) 

Sin conciencia allí se tratan 

los hombres: lavan sus manos; (Riéndose.) 

cortan como cirujanos, 



00 — 



y como médicos, matan... 
El mundo es perpetua guerra; 
nadie con nadie se aviene; 
el que más víctimas tiene 
más nombre alcanza en la tierra. 
Si el general no se abate, 
y ya conoce el ardid, 
y la vida es una lid, 
déjelo usted que se mate. 
Marq. ¡Es imposible! Esa calma 

¿no ve usted que me hace daño? 
Yo impediré... 
Conde, (sonriéndose.) No es extraño: 
tiene usted pequeña el alma. 
Marq. ¡Hay fuego en e! alma mia! 
Conde. ¡Bah! La mujer, no soy tonto, 
es agua que liierve pronto, 
pero que pronto se enfria. 
Marq. ¡Siempre feroz el sargento 

con las damas! 
Conde. Con mis años 

y mis rudos desengaños, 
digo lodo lo que siento. 
Makq. Sólo una vez en mi vida 
quise; de tanto importuno 
que me pretendió, ninguno 
tuvo en mi pecho cabida. 
Conde De saberlo no be tratado; 

¿tengo acaso algún derecho 
para cuidar que en su pecho 
no entre ningún alojado? 
Makq. Volvamos d la cuestión, (Con disgusto 

porque es lo que me interesa. 
Conde. ¿Cuál es, señora Marquesa? 
Marq. El duelo. No hallo razón... 
Conde. ¿Insiste usted?... 
Marq. Por supuesto. 

Conde. Reñir al Conde le agrada 
no se le oxide la espada; 
usted es sólo un pretexto. 
Marq. Las gentes de mí hablarán; 
y sobre todo, no quiero 



— 56 — 

que el Conde cruce su acero 

con Julio de Montalvan. 
Conde. Yo, señora, no me obligo... 

Y ¿quién le hace desistir? 
Marq. (Trémula.) Si muere... 
Conde. ¡Qué ha de morir! 

Montalvan no es enemigo. 

El Conde infirió la ofensa 

y reñirá. 
Marq. ¿Reñir? ¡No! 

Conde. ¡Caá! se interesa usted! 
Marq. ¿Yo?... 

Sí; más de lo que usted piensa. 

Sufro un tormento cruel, 

y usted me debe ayudar, 

que no puedo tolerar... 

CONDE. (Como herido por una idea.) 

¡Yo me batiré por él! 

El Conde es casi mi hermano. 
Marq. Usted reñir no podrá. 
Conde. (Sonriéndose.) Satisfecho quedará 

si le castiga mi mano. 

(Al ver entrar á Julio los dos se levantan.) 

ESCENA IV. 

DICHOS, JULIO. 

Marq. ¡Julio, gracias! 

Julio. Aunque estoy 

ocupado seriamente 
de un asunto muy urgente .. 

Marq. Le necesito á usted hoy. 

Julio. Por eso vine, Marquesa. 

Marq. ¿Se bate usted con el Conde? 

Julio. Así dicen, pero... (Con fatuidad.) 

Marq. (con ínteres.) ¿En dónde? 

Julio. El sitio nada interesa. 

Marq. El sitio quiero saber, 

que debo el duelo impedir . 

Julio. Yo no lo puedo decir. 

Co.xde, (con ironía.) Aquí cerca debe ser. 



— 57 — 

Juli\ Ademas, la honra mia 

está, señora, empeñada; 

es fuerza que con la espada 

haga al Conde una sangría. 
Mahq. Ese intento será vano 

porque yo sahré estorbar... 
Conde. (Burlándose.) No sabe el señor sangrar; 

tiene muy torpe la mano. 

JüLIO. (Mirándole con el lente.) 

Lo veremos. 
Marq. ¡No, por Dios! 

¡Julio! 

JüLIO. (Con fatuidad extremada.) 

¡Diligencia vana! 

¡El sol que luzca mañana 

no verá uno de los dos! 
Marq. ¡Usted cederá por mí! 
Julio. No tal; ceder no me toca. 
Marq. (¡Qué idea! me vuelvo loca!) (ai Conde.) 

Espérese usted aquí. 

(Knlra por la izquierda.) 

ESCENA Y. 



CONDE, JULIO. 

Conde. ¿Conque está usted en capilla? 
Julio. Yo no. 

Conde. ¿Según he escuchado, 

se bate usted con el Conde? 

JULIO. (Dando vueltas al lente con el dedo.) 

Sí; pero voy á matarlo. 
Conde. ¿De veras? (Con ironía.) 
Juno. (Con petulancia.) Tiro las armas 

muy bien. 
Conde. El Conde no es manco 

Juno. Me importa poco, pues tengo 

la elección: soy el retado. 
Conde. ¿Y elegirá usted?... 
Julio. El sable; 

sé que puedo abrirle el cráneo, 

teniendo un golpe infalible 



- 58 - 

que el maestro me ha enseñado. 
Conde, (paéndose.) ¿El sable? Me alegro mucho; 

el Conde tiene una mano 

de hierro, que cuando cae... 

En Luchana de un sablazo 

partió por medio á un faccioso; 

siete á la vez le atacaron, 

é hizo gigote con ellos, 

saliendo ileso. 
Julio. (Haciendo una mueca.) (¡Canario!) 

Bien; me batiré á florete. 
Conde. ¡Mejor! 

JüLIO. (Con interés.) ¿Si? 

Conde. Nadie ha logrado 

tocar con la zapatilla 
su ropa; es muy serio el caso, 
y á estocadas los botones 

(Le pasa la mano por los botones de la levita.) 

en su cuerpo va á clavarlos; 

parecerá su pellejo 

una criba; ¡já, já! 
Julio. (Muy irritado. j Vamos, 

¿le da á usted risa? 
Conde. ¡Qué lástima! 

Julio. (Preocupado.) No es para reirse el paso. 
Conde. Me parece que le veo 

como un pollo, atravesado 

(Tirándose á fondo.) 

en el asador. 
Julio. ¿De veras? 

Pues se lleva usted gran chasco; 

elegiré h pistola. 
Conde. El Conde pega un balazo 

á un mosquito; ¡tiene un ojo! 
Julio- (¡Divertido estoy!) ¡Me bato 

á cañón! 
Conde. (Riéndose.) Es artillero. 
Julio. ¡Á. la suerte! 
Conde. Muchos años 

hace que busca la muerte 

y siempre lo ha respetarlo. 
Julio. (¡Pues que me lleve el demonio 



Lino. 



Conde. 
Lino. 
Julio. 
Conde. 

Julio. 
Conde. 



_ 59 — 
si encuentro ya medio humano!) 

ESCENA VI. 

DICHOS, D. LINO. 
(Entrega al Conde una carta.) 

Esta carta con urgencia 

para el Conde me ha entregado 

mi sobrina. 

(Coge la caita.) Adiós, señores. 

Adiós.— Es muy campechano. 

¡Mucho, mucho! 

No me quiere 
el señor, porque soy franco. 
Yo? 

Guarde usted el pellejo, 
y si fuese buen cristiano, 
que lo dudo, que se ponga 
bien con Dios solo le encargo. (Sale riéndose. 

ESCENA VII. 

JULIO, D. LINO. 



•Illk 



Lino. 

Julio. 

Lino. 
Julio. 
Lino. 



Julio. 



Lino. 



Qué bromas gasta ese viejo! 
(La verdad es que me ha entrado 
un temblorcillo de piernas... 
No es miedo... ¡y estoy sudando!) 
¿Conque se baten ustedes? 

(Aparentando fortaleza.) 

Sí. 

(Riéndose.) ¡Batirse! ¡qué muchachos! 

¿También á usted le da risa? 

Sí; ya estoy acostumbrado 

á los duelos; una farsa 

que acaba siempre almorzando. 

Cuente usted conmigo. 

Viene 
el ofrecimiento al caso. 
¿Quiere usted ser mi padrino? 
No, señor. 



— 00 — 

Jumo. ¡Gracias! 

Lino. Soy claro. 

Julio. ¿Entonces?... 

Lino. Yo me ofrecía 

como simple convidado 

para asistir al almuerzo. 

mas no para ver los palos. 
Jumo. Este duelo me atormenta, 

que sin razón lo he buscado. 

Si usted, don Lino, encontrara 

algún medio de evitarlo... 
Lino. ¡Dios me libre! 
Jumo. (¡Todo el mundo 

contra mí se ha conjurado!) 
Li.no. ¿Teme usted al Conde? 
Jumo. No; 

pero la justicia, al cabo... 
Lino. Usted defiende los duelos: 

dice que son necesarios; 

¿recuerda usted su revista 

del miércoles? ¡Es extraño!... 
Jumo. Una cosa es escribirlo 

y otra cosa es practicarlo; 

el batirse con la pluma 

no es como salir al campo. 
Lino. Pues escriba otra revista 

para mañana, cantando 

la palinodia. 
Jumo. Yo? ¡Nunca! 

¡antes me corten la mano! (Mira el reloj.) 

— ¡Las tres! (¡Se acerca la hora! 

de fijo me he puesto pálido!) 

(Presenta la mano á D. Lino haciendo nn esfuerzo 
para sonreírse.) 

Hasta después. Si me matan... 
Lino. (Riéndose.) Juntos mañana almorzamos. 
Julio. (¿Tira las armas?... ¡Por vida!... 

¡Este trance es muy amargo!) 

(Se ^a por la derecha.) 



- 64 — 
ESCENA VIH. 

D. LINO. 

¡El duelo! ¡es cosa de burla! 
¿Qué es un duelo bien mirado? 
¿Un procedimiento químico 
que las gentes adoptaron 
para lavar manchas? — Bueno; 
¡nos guardaremos del barro! 

ESCENA IX 

D. LINO, CARLOS. 

Caklos. (Le encuentro solo.) Don Lino, 
muy felices. 

Lino. (Le da la mano.) ¡Hola, Carlos! 

Carlos. En busca de usted venia. 

Lino. Si puedo servirte en algo... 

Carlos. Debe batirse esta tarde 

el Conde; yo le acompaño; 
necesita otro testigo 
y usted lo será. 

Lino. He negado 

el mismo favor á Julio; 
yo no sirvo para el caso, 
y á más no debo meterme 
en esa broma á mis años. 

Carlos. Don Lino, es preciso; el Conde 
en Carabancbel no ha hallado 
una persona que pueda 
desempeñar este cargo; 
si va á Madrid, es seguro 
que se promueve un escándalo. 

Lino. Bien quisiera; pero nunca 
en lances me vi, soy franco. 
¡Haré un bonito papel 
si de los nervios me ataco! 
¡la pólvora solamente 
con el olor me liace daño! 



6-2 - 



Carlos. 


Ya lo ofrecí; no hay disculpa. 


Lino. 


¿Pistola? 


Carlos. 


Á boca de jarro. 


Lino. 


¡Se matarán! 


Carlos. 


Por supuesto. 


Lino. 


¡Eso es un asesinato! 


Carlos. 


Lo exige el honor. 


Lino. 


(Santiguándose.) ¡JeSUSÍ 




(¡Se pone el asunto malo!) 




¿El sitio? 


Carlos. 


Al salir del pueblo; 




muy pronto de vuelta estamos. 


Lino. 


(¡Ay! ¡si volveré!) 


Carlos. 


Aquí el Conde 




vendrá en su coche á buscarnos. 


Lino. 


(Acercándose mucho.) 




¿No fuera mejor batirse 




con sable, á cuarenta pasos? 


Carlos. 


El general llega. 


Lino. 


(¡Ay, Dios!) 




Haz por disculparme, Carlos. 




ESCENA X. 




DICHOS, CONDE. 



Carlos. 



Conde. 



Lino. 

Conde. 
Carlos. 



Conde, 



(Saliendo al encuentro del Conde.) 

Con gusto el señor don Lino 
acepta el honroso cargo. 

(D. Lino hace un gesto.) 

Cuando usted guste podemos 

marchar. 

(Mira el reloj.) Aún no son las cuatro. 

(Presenta la mano á D. Lino.) 

Nunca olvidaré el servicio 
que me hace; venga esa mano. 
(Trémulo-) No merece... usted... disponga. 
(Parece que está temblando.) 

(Estrechando la mano al Conde.) 

Usted me ha abierto los ojos; 
¡y le debo tanto, tanto! 
El hombre debe ser hombre 



— 65 — 

en las ocasiones, Carlos. 
Carlos. Si usted sucumbe en la lucha, 

le vengaré. 
Conde. (Sonñéndose.) No hay cuidado; 

defiendo la buena causa, 

y fio en Dios y en mi brazo. 

Quiero ver á la Marquesa, 

porque llamar me ha mandado. 
Carlos. ¿No teme usted? 
Conde. No: los hombres 

como yo, que están probados, 

cuando ven que hay un peligro 

les gusta siempre afrontarlo. 

Muy pronto despacho; ustedes 

pueden esperarme abajo, 

en el coche. 
Carlos. Bien.— Don Lino... 

Lino. (¡Yo soy el sacrificado!) 

(Salen D. Lino y D. Carlos.) 

ESCENA XI. 

CONDE. 

¿Me llama? ¡Débil me siento 
para luchar con mi estrella! 

(Mil-ando al cielo.) 

¡Dejad que muera por ella, 
y así moriré contento! 
¿C^mo apago este cariño, 
si tanto dominio tiene 
sobre mi ser? ¡Ella viene! 

(Mirando á la izquierda, se oprime el corazón con 
despecho.) 

¡Qué hermosa esta! ¡Soy un niño! 

(La Marquesa, al verle, da un grito y se adelanta 
precipitadamente. ) 



- 64 - 



ESCENA XII. 

CONDE, MARQUESA. 

Marq. ¡Ah! ¡mi Enrique! 

Cokde. (impasible.) Soy, señora, 

el general Santillan. 
Marq. Inútil será tu atan, 

porque te conozco ahora. 
Conde. No es fa'cil desconocer... 
Marq. ¡Enrique, soy tu Maria! 

¿No te acuerdas? 
Conde, (con indiferencia.) No, á fe mia. 

No la conocí hasta ayer. 
Marq. ¡Ah! sí: con razón me tratas 

de ese modo, sin piedad; 

merezco tu crueldad; 

¡con tu desprecio me matas! 
Conde. Usted llamar me mandó; 

vengo: saber me interesa 

si puedo servir, Marquesa... 
Marq. ¿Y no lo adivinas? 
Conde. No. 

Marq. Quince años muy pronto hará 

que un hombre á Méjico fué, 

y no volvió. 
Conde, (con desden.) Ya lo sé; 

de eso, ¿quién se acuerda ya? 
Marq. ¿Y su amor?... 
Conde. ¡Una quimera! 

Todo en el mundo se olvida; 

quince años son una vida, 

una eternidad entera. 

Repasando mi memoria, 

traigo trabajosamente 

algún recuerdo á la mente 

de esa pasajera historia. 

Amor juré y me juró; 

era mozo; un pasatiempo... 

pero la ausencia y el tiempo... 

Yo la olvidé y me olvidó. 
Marq. ¡Él antes! sí! 



_ 65 



Conde. 

Mauq. 
Conde. 
M\rq. 
Cosnr 



Mauq. 
Conde. 



Marq. 



En olvidar 
hizo bien. 

Ella después 
de mucho sufrir... 

(Con ironía.) Hoy es 

Marquesa del Saladar. 
Mas se casó por despecho, 
sin amor. 

(Con un ayanque.) ¡Mas criminal! 
¡Sufrió el lazo conyugal 
sin sentir nada en el pecho! 
¿Á un hombre que no se adora 
mentirle amor y delicias? 
¿Engañarle con caricias? 
¡Eso es delito, señora! 
(Turbada.) ¡Conde! 

(Cambiando de tono.) 

Tiene usted raz 
sentir un amor profundo 
fuera faltar en el mundo 
á la ley del corazón. 
¿Qué me importa? La olvidé; 
como en la corte nací, 

también la ley aprendí 

y también la practiqué. 

(Sonriéndose forzadamente.) 

Apaga el amor la ausencia; 
y luego, ¡amor es tan vario! 
¡Fuera un caso extraordinario 
quince años de consecuencia! 
Conozco, sio ser maestro, 
los instintos cortesanos; 
es amor juego de manos, 
y siempre gana el más diestro. 
Te empeñas en ocultar 

tu nobleza; no te creo ; 

tu instinto en el rostro leo: 

no me puedes engañar. 

Jugué con el corazón; 

hoy bien mi suerte lo llora; 

mi arrepentimiento ahora 

alcanzará tu perdón. 



— 66 



Ci/NDE 

Mabq. 

Conde. 
Mauq. 

Conde. 

Mauq. 



Conde. 

Map.q. 
Conde. 

Maro. 



Conde 



Maiiq. 



CONDE. 

Maiiq. 



Marquesa, apagado el fuego, 
¿qué en la ceniza buscamos? 
Si ya el desquite encontramos, 
¿á qué comenzar el juego? 
Estaba el fuego escondido; 
al vernos se revolvió; 
nueva llama le prestó, 
y está otra vez encendido. 

(Dan las cuatro en el reloj. ) 

¡Ah! ¡me recuerda un deber 

ese reló! 

(Con horror.) ¡El desafio! 

(Corte y se pone rielante ríe la puerta. ) 

No! 

(Queriendo salir. ) 

¡Mi honor!... 

¡El honor mió 
sé que vas á defender! 
¡yue hable el mundo! ¡No te opongas! 
Aviva el fuego mi amor; 
está á cubierto mi honor, 
y no quiero que te expongas. 
Señora, á las cuatro y media 
en el sitio debo estar. 
No! 

¡Déjeme usted pasar, 
y acabemos la comedia! 
(Con dignidad.) Enrique, nunca esperé 
que sin piedad me ofendieras, 
mas yo no quiero que mueras; 
si no vuelves... 

(Con decisión.) ¡Volveré! 

Sin bailar nunca reposo 
llamé á la muerte; no muere, 
Marquesa, el que morir quiere; 
muere sólo el que es dichoso. 

¡Te vende es:t Confesión! ('El Condese turba.) 

¿Por qué pretendes salvar 
mi honor? No puedes negar 
que te arrastra mi pasión. 
¡No, Marquesa! 

¡Ehriime. gracias - ! 



- 67 — 

Lo que pasa entre los dos 
adivino bien. 

CONDE. (f.e da la mano agitado.) AdÍOS. 

VIabq. No! ¡presiento dos desgracias! 
Condk. Debo, Marquesa, marchar. 

MaIIQ. (Vacilante.) Si DO VUelveS... 

Conde. ¡Volveré! 

(¡Por salvarla moriré! 
¡Con ella no sé luchar!) 

( La Marquesa le estrecha la mano y cae en un sillo , 
cubriéndose el rostro con las manos. El Conde sr' 
1 lecipitadainente por la derecha.) 

ESCENA XIII. 

MARQLKSA. 

¿Le dejé marchar? ¡Dios mió, 
sálvale!... ¡Maldita estrella! 
¿Expone por mí su vida, 
y consentiré que muera? 
¡Alma generosa y grande, 
tu conducta me avergüenza, 
que con tus buenos instintos 
me castiga tu nobleza! (Se levanta.) 
¡Ah! ¡yo evitaré el combale 
con valor, aunque me pierda! 

(Tira de la campanilla, y Ramón se asoma á !„ 

puerta.) 

Ramón, mi berlina, pronto. 
— Llegaré á tiempo.— Ruperta, 

(Llama por la izquierda, y se asoma una criada.) 

mi sombrero. — No es difícil 
saber en donde se encuentran. 

(Sale la criada y deja el sombrero encima de la «USE». 

Se ha despertado en mi alma 
aquella pasión primera 
que me arrebataba el sueño; 
hice al amor una ofensa... 
¡Lnrique!... ¿Y en este instante 
peligra?... ¿por mí que diera 
toda mi vida?... ¿Y el coche? 
¡\lo devora la impaciencia! 



- 68 - 
ESCENA XIV 

MARQUESA, SOFÍA por la izquierda- 

Sofía. ¿Salió ini padre? 

MaRQ. (Con disgusto.) No sé. 

(Se dirige á la puei ta y vuelve agitada.) 

(¡Cómo tarda!) 
Sofia. ¿Estás inquieta? 

Marq. No te engañas; en la vida 

hay horas que son eternas. 
Sofía. Para las aliñas que sufren, 

para los que nada esperan, 

para el que vive llorando, 

siempre es igual la existencia; 

serán las horas que pasen 

como las horas que vengan. 

Cuando de acerbos dolores 

nuestro corazón se llena, 

los que vienen luego, sitio 

'en el corazón no encuentran. 
Marq. ¡Dolores! tú no has probado 

el aguijón de las penas... 

¡Llorar! llorarán tus ojos 

sin que tu alma lo sepa. 
Sofía. Lloré en silencio, teniendo 

de que me viesen vergüenza. 
Marq. Inútil llanto, Sofía; 

¿qué pesares te atormentan? 
Sofía. (con sarcasmo.) ¡Inútil, para el que tiene 

duro el corazón de piedra! 

¡Si yo no hubiese llorado 

mayor mi tormento fuera! 

Acariciaba un ensueño 

y lloré pronto su pérdida; 

hoy lloro la realidad 

porque llorar me consuela. 
Marq. (Con desden.) La causa de ese tormento 

¿cuál es? Saberla quisiera. 
Sofía. (Exaltada.) ¿Tú me preguntas la causa? 
Examina tu conciencia. 



- m - 

Mahq. Esa acusación... 

Sofía. (con firmeza.) Es justa. 

Amaba con fe sincera 

á Carlos; era mi dicha; 

trastornaste su cabeza, 

y despreció mi cariño 

por el tuyo. 
Marq. (¡También ella!) 

Eres injusta, Sofía; 

vé que la pasión te ciega. 
Sofía. Tú no le amabas, yo sí; (Con sarcasmo.! 

¡siempre los hombres aciertan! 

Tras de tí corren los hombres, 

y su dolor te recrea; 

en esa vida de intrigas, 

en que el incienso te queman, 

todo te produce bastió, 

porque te falta. Marquesa, 

lo que en el pecho me sobra: 

¡corazón que lata y sienta! 

(Ramón se presenta en la primera puert;. ile la dere- 
cha; la Marquesa al verle se estremece y corre á co- 
ger su sombrero.) 

Ramón. El coche... 
Marq. Voy al instante. 

¡El duelo! ¡Dios me proteja! 

(Sale precipitadamente detrás de Piamon. Sofía la v¿ 
marchar con espanto y se queda un momento pre- 
ocupada.) 

ESCENA XV. 

SOFÍA, después RAMÓN. 

Sofía. ¡El duelo dijo! ¿Qué es esto?... 
¿Carlos acaso? ¡Qué idea!... 

(Se acerca á la puerta y llama; entra Ramón en se- 
guida ) 

Ramón.— ¿Dónde está mi padre? 
Ramón. Salió en una carretela 

con el Conde y con don Carlos; 
y la señora Marquesa 



— 70 - 

inundó enganchar enseguida. 
Sofía. ¡Mi padre! ¡Carlos!.. . Me aterra 

el pensar... ¿Adunde fueron? 
Ramón. No sé; tengo una sospecha... 

una caja que llevaban... 
Sofía. ¿Pistolas? 
Ramón. Según las señas... 

Sofía. Oh!... ¡qué desgracia, Dios mió! 

(Se oye el ruido de un coche.) 

Ramón. Un coche para á la puerta." 
Sofía. ¡Ramón, corre! ¡Serán ellos! 

(Ramón se relie a; ella sale después muy de prisa.) 

Voy; ¡me mata la impaciencia! 

(Vuelve á entrar, abrazando á l). Lino; detrás lletra 
el Conde muy pálido dando el brazo á Carlos.) 

ESCENA XVI. 



CONDE, CAKLOS, D. LINO, SOFÍA. 

Sofía. ¡Padre! 

Lino. Vuelvo sano y salvo. 

¡Ese Conde es una fiera! 

¡Una y no más! 

SOFÍA. (Acercándose á Carlos.) ¡Carlos! 

(Carlos y Sofía se estrechan las manos.) 

Carlos, (a p. al Conde.) Csnde... 

Conde. (A[>. á Carlos.) Eso corre de mi cuenta. 
Lino. (á Sofía.) ¿Por quién supiste que fuimos 

á batirnos? 
Sofía. La Marquesa 

salió en su coche hace poco, 

asustada. 



Co:sde. 


(¡Siempre ella!) 


Sofía. 


¿Y el duelo? 


Lino. 


¡Se consumó! 




Nos batimos, y fué adversa 




la suerte á Julio. 


Sofía. 


(Con horror.) ¿MliriÓ? 


Lino. 


Será muy fácil que muera; 




la bala le entró en el pecho 


Sofía. 


¡Ah! 



Conde. Fué la maledicencia 

quien le malo, no mi braza. 
Sofía. ¡Infeliz! 
Liso. Cuando lo sepa 

la justicia... 
Conde. Yo no temo 

á la justicia: ¡que venga! 

Cumplir un deber sagrado 

es mi misión en la tierra. 

y pues boy bacer me toca 

el papel de providencia. 

pido perdón para Carlos." 

que deplora sus quimeras, 

I Cose la mano á ( arlos y se dirige a Soft i. | 

reconoce su extravío 

y llora su inconsecuencia. 

SOFÍA. (Muy agitada.) 

¿Es verdad, Carlos? 
Carlos. (Con pasión.) ¡Sofía!... 

¡Qué feliz SOy! (Se dan las :nanos.) 

Conde. También ella. 

Lino. i ¡Este Conde es unaalbaja! 
¡lo mismo casa que pega!) 

<_.ONDE. (A Carlos sonriéndosc.) 

Esta quinta no conviene 

á un. alma que estuvo enferma; 

es bueno mudar de aires 

para la convalecencia. 
Carlos. Sí, Conde. 
Sofía. Á Madrid iremos. 

Lino. Llega un cocbe: la Marquesa. 

(El Conde se estremece.) 

Conde. Tengo que darle una carta; 

quiero estar solo con olla. 
Lino. (Se reconcilian abora 

y mi fortuna está hecha.) 

(Entran todos por la izquierda, menos el Conde, que 

se queda pensativo.) 



ESCENA XVII. . 

El CONDE, después la MARQUESA. 

Conde. ¡Son dichosos!... Es profundo 
su cariño; pero yo... 

(Saca una carta y la lee convulso.) 

¿Ella esta carta escribió? 

¡A.h! ¡no me engañaba el mundo! 

(La Marquesa entra por la izquierda, y al ver a 
Conde da un grito; éste, impasible, se cruza df bra- 
zos.) 

Marq. ¡Enrique! ¡lodo lo sé! 

Esta prueba de tu amor... 
Con de. Juré salvar el honor, 

y lo cumplí. Tome usté. 

(Le da la carta; la Marquesa se estremece al cocerla. 

Julio pagó su maldad; 
mi bala le entró en el pedio; 
si después muere, habré hecho 
un bien á la humanidad. 
Mi mano fué el instrumento 
del castigo: no me pesa; 
si en esto hay crimen, Marquesa, 
no es mió el remordimiento. 
Marq. (Trémula.) ¡Ah! ¡terrible acusación! 

¡Es toda la culpa mia! 
Conde. (Con sarcasmo.) ¡Crimen la coquetería! 
¡Jugar con el corazón! 
Es una nueva victoria 
que saciará su deseo; 
este es un nuevo trofeo 
para su ambición de gloria. 
Con esto conseguirá 
otro encanto, otro aliciente, 
porque mañana, la gente 
de la víctima hablará. 
Marq. Conde, la ofensa mayor... 
Conde. ¡Cuesta tan poco mentir! 
¡Cuesta tan poco escribir 
cuatro palabras de amor! 



Marq. Aunque ofendas mi altivez 

sufriré tu acusación; 

despertaste mi pasión, 

y eres inflexible juez. 
Conde. En esa pasión no creo; 

usted nunca se interesa. 

(Con un arranque de orgullo.) 

¡Soy yo mucho hombre, Marquesa, 
para servir de trofeo! 

Marq. ¡Enrique! 

Conde. ¡Sí! Una mujer 

que juega con la pasión, 
á un amante corazón 
¿qué es lo que puede ofrecer? 
Mi voluntad es muy grande: 
para mí siempre sagrada: 
me sobra valor: no hay nada 
que me domine y me mande 
Hoy. confesarlo me pesa, 
el corazón me faltó, 
mas su fuerza recobró. . 

MARQ. ICon mucho interés. ) 

Y ¿quién pudo?... 
Conde. Usted, Marquesa. 

Marq. ¡Enrique! (Con desvario.) 
Conde, (con dolor profundo.) Y este dolor, 

¿quién llegará á comprender?... 

Soñé con una mujer 

y soñé con el amor. 

Con un amor puro, inmenso, 

que el sello de Dios reciba; 

no un amor frágil que viva 

entre el humo del incienso. 

Todo un amor sin deseos, 

sin pasado, amor presente; 

no un amor que se alimente 

de sueños y devaneos. 

Solo un amor cada historia 

debe encerrar en su seno; 

¿quién ama teniendo lleno 

el libro de la memoria? 
Marq. Mi culpa reconocí; 

6 



- 74 

mi pasado olvidaré, 

y esos nombres borraré 

para consagrarme á tí. 
Conde. Borrar un nombre es intento. 

señora, que juzgo vano; 

aunque lo borre la mano, 

no lo borra el pensamiento. 

Quise con idolatría 

á una mujer; la adoré, 

y en mi delirio grabé (Señala ai pecho. 

aquí el nombre de María. 

Partí; guardé consecuencia, 

y allá no apagué mi llama; 

el corazón que bien ama 

se enciende más en la ausencia. 

No pudiendo soportar 

mi estado, vine; al volver. 

supe que era esa mujer 

Marquesa del Saladar. 

La guerra civil ardia; 

loco, delirante, ciego, 

busqué la muerte en el fuego 

para olvidar á María. 

Luché con mi desventura; 

hice proezas de ardor, 

y el mundo juzgó valor 

lo que era solo locura. 

Fija en mi mente María, 

mi valor se acrecentaba; 

así, el peligro buscaba, 

y la muerte no venia. 

Me hizo el destino volver 

cubierto de inmensa gloria; 

y si aún vive en mi memoria, 

¡ay! ¿por qué la vuelvo á ver? 
Marq. ¡Porque así lo quiere Díog! 

(Con exaltación. ) 

¡Ah! ¡bendigo mi destino! 
Conde. ¡Dios la puso en mi camino 

(Con desesperación.) 

por desdicha de los dos! 
Marq. Cesarán tus desengaños; 



- 75 - 

la mujer que te quena... 
Conde. No! ¡no es aquella María 

que yo adoré quince años! (con frenesí.) 
¡Que estoy adorando ahora! 
Sí! ¡confieso mi flaqueza! 
¡Sufro! ¡Maldita entereza! 

(Con un atranque de dolor.) 

¡Feliz la mujer, pues llora! 

MaHQ. ¡Enrique! (Delirante.) 

Conde. (Rechazándola.) No! ¡mi pasión 

no comprende esa mujer! 

¡El olvido! ¡Sabré hacer 

pedazos mi corazón! 
Mabq. ¡Arrepentirse en la vida 

es ser grande! 
Conde, (con caima.) ¡Nunca, no! 

Siempre el alma conservó 

la inclinación adquirida. 

(Exaltándose.) 

¡Esa carta! ¡su pasado! 

Ah! ¡seré firme! ¡no quiero 

dar un corazón entero 

por un corazón gastado! 
Marq. ¡Conde! 
Conde. ¿No tengo derecho 

para culpar tu falsía?... 

(Con dolor.) ¡Dios te perdone, Marín, 

el mucho mal que me has hecho! 
Marq. Ah! ¡le olvidé, Enrique, sí! 

(Con entusiasmo.) 

¡Te estoy admirando ahora!... 
¡Amor mi pecho atesora! (Llorando.* 
¡No puedo vivir sin tí! 

CoNUE. (Pietrocede, dando muestras de una gran lucha. .' 

(Ah! valor!) ¡Marquesa, adiós! 

MAI5Q. (Qaeriendo detenerlo.) 

Ah! ¿quieres verme morir? 
Conde. (Con desesperación.) ¡Déjame solo sufrir. 
y no suframos los dos! 

(Quiere salir y se contiene. D. Lino, que entraba 
por la izquierda con Carlos y Sofía, se detienen en 
la puerta; los tres observan con ansiedad.) 



76 



IÍSCIÍNA ÚLTIMA. 

DICHOS, D. LINO, CARLOS, SOFÍA. 

Marq. (Vacilante.) (¡Se va, y este amor profundo!...) 
¡Enrique, ven! 

CONDE. (Comprimiéndose el pecho.) (¡CoraZOn!) 

(Da algunos pasos para volver, lucha un instante y 
sale precipitadamente.) 

¡Adiós! 
Marq. (Da un grito.) Ah! ¡qué expiación! 

(Cae desplomada.) 

Carlos. ¡Hé aquí lo que enseña el mundo! 

(Los tres se acercan á socorrerla,) 



FIN DE LA COMEDIA 



¡cnkicnla. 
almadrcno. 

r s - . • 

■1 vicio. 

i de viento, 
e Correlargo. 
)ro. . 
regimiento, 
¡mi mujer, 
os. 
dres. 

Rey Rene, 
os. ' 

le Murillo. 
■a. 

a de Catana. 
sita. 

;e la vida. 
Garan. 
i piloto. 

n el campamento, o 
África. 

ros de ]a niebla, 
e matrimonio. 
Babel. 
J gallo. 
Jiencia. 
lhaia. 
mada. 
)s (refundida.) 



i sobrina. 
Ibano. 
irla 
1818. 

isla de pájaro, 
hojuelas. 
c Polonia. - 
a Emparedada. 



.Miserias de aldea 
Mi mujer y el primo. 
Negro y Blanco. 

Ninguno se entiende, o un nom- 
bre tímido. 
Nobleza contra nobleza. 
No es todo oro lo que reluce. 
No lo quiero saber. 
Nativa. 
Olimpia. 

Propósit de enmienda. • 

Pescar á rio revuelto. 
Por ella y por él. . 

Tara heridas las de honor, o el 

desagravio del Cid. 
Por la puerta del jardín. 
Poderoso caballero es L>. Dinero. 
Pecados veniales. 
Premio v castigo, 6 la conquis- 
ta deB'onda. 
Por una pensión. 
Para dos perdices, dos. 
Préstamos sobre la honra. 
Para mentir las mujeres. 
iQue convido al Coronel!... 
Quien mucho abarca. 
¡Oué suerte la mía. 
¿ñuién es el autor? 
¿Quien es el padre? 
P.ebera. 
Ribal y amigo, 
líos i la. 
Su imagen. 
Se salvó el honor. 
Santo v peana. 

San Isidro (Patrón de maaria.] 
Sueños de amor y ambición. 
Pin prueba plena. 
Sobresaltos de un marido. 
Si la muía lucra buena. 
Tales padres, tales hijos. 
Traidor, inconfeso y mártir. 



Traillar por cuenta ajeas. 

Tod unos. 

Torbellino. 

Soí¡u^c«enina s 

lSfe»^« 

tri huésped del otro mundo. 

tna noche en blanco. 
Uno de tantos. 
tíi marido en ensile, 
tna lección «senado. 
rn marido sustuto. 
T-nn pnuivocHcion- 
r^rciratro o quemaropa 
,rn Tiberio! 
t-nlobo y una raposa. 
r " rcn ía vitalicia, 
rn" llave v un sombrero, 
tná mentira inocente. 
tnau'njermisUTiosa. 
tna lección de corte. 

trl^ajel-un caballero 

r- n s i v un no. 

tna lágrima y un beso. 

T'na lección de mundo. 

ina mujer de historia. 

tna herencia completa. 

tn hombre fino. 

tna poetisa y su mando. 

¡rn regicida! 

tn mando cogido por los cabe. 

líos. 
Tn eslndianle novel. 
tn hombre del siglo, 
tn viejo pollo. 
\er v no ver. 
Zamarrilla, ó los bandidos de U 

Serrante de Ronda. 



ZARZUELAS, 



¡Redoro 

buena ley. 
s feo. 
cuchilladas 

la Gitana. 
Marte. 
lora, 
ndo. 

quila. 
snto, ó el Alcaide pro- 

ial. 
er. 

10. 

de nna ópera, 
o y la maja, 
el hortelano. 
t en Marruecos, 
i la ra lonera. 
e carnaval, 
(drama lírico.) 
on de la Rioja (música.) 
'cdp Lelorieres. 

á escape. 

español. 
i 
e feliz. 

blanco. 
I. 

mono. 

vuelo de un pollo 
lo y Valdcmoro. 

ismo... ¡animal! 
o la railc Mayor. 
is del oro. I 



El mundo nuevo 

El hijo de I>. .'ose. 

Entre mi mujer y el pruno. 

El noveno mandamiento. 

ti juicio final. 

El gorro negro. 

El hijo del Lavapie*. • 

El ajoor por los cabellos. 

tlmtndo. 

El Paraiso en Madrid. 

El elixir de amor. 

Él sueño del pescador. 

Giralda. 

Harrv el Diablo: 

Juan Lanas. [Música.) 

Jacinto 

I, a litera del Oidor. 

la noche de ánimas. 

La familia nerviosa, ó el suegro 

ómnibus. , . 

T.asbodasrie.Tuanita. (Música.) 
Los dos flamantes. 
La modista. 
La colegiala. 
Los conspiradores. 
La espada de Bernardo. 
La bija de la Providencia. 
La tora ne gra. 
La estatua encantada. 
Losjardines del Buen reliio, 
loco de amor y en la corte. 
La ^eIl!a encantada. 
La lora de amor, ó las prisiones 

de Ldiml urgo. 



La Jardinera. Wiisiea.] 

La toma de Telnan. 
T a cruz del vane, 
la cruz de los Humeros. 
la Pastora déla Alcarria. 

¿iy herederos. 

La pupila- 

Los pecados capitaies. 

La gitanilla. 

La artista. 

La casa roja. 

Los piratas. 

La señora del sombrero. 

La mina de oro. 

MateoyMatea. 

Moreto. (Música.] 

Maíüde-y MaleK-Adhel. 

Nadie se mucre hasta que D»os 

quiere. ■ '. 
Nadie toque ala Beina. 
Pedro v Catalina. 
Por sorpresa. _ 
Por amor al prójimo 
Peluquere y marqués. 
Pablo v Virginia. 
Retrató v original. 
Tal para cual. 
tn primo. 

tna guerra de familia. 
Un cocinero. 
TTn sobrino. 

Tin rival del otro mundo. 
Tn marido por apuesta. 
Tu qniulo y un sustituto. 



PUNTOS DR VENTA ¥ COMISIONADOS PRINCIPALES, 



PROVINCIAS. 



Albacete. 


R. S. Pérez 


■4 te ala de Henares . 


(.. üeriüíjo. 


Atcoy. 


./. ttarü. 


¿tgecirat. 


11. Suro. 


alicante . 


J Gossart. 


Almagro 


a, Vicenta l'erez. 


Mimería. 


* M. Alvarez. 


Andújar, 


A. Casas. 


intcquera. 


i. A. da ?alma. 


Aranjuez* 


J. Gulloa. 


Avila. 


¡i. López. 


Aviles. 


K. lloman Alvarez. 


Badajoz. 


t'. Coronado. 


Saeta. 


i. R. Sesura. 


Barbastro 


G. Corrales. 


Barcelona. 


"inda de «artumeus y 




Cerda. ' 


Dejar. 


.1 Genova 


Bilbao. 


E. Diurnas. 


Burgos. 


. T. Arnaiz y A. Hervías. 


Cabra* 


B. Montoya. 


Cáceres. 


H. K. Pérez. 


Cádiz. 


Verdugo y Compañía. 


Calatayud. 


F. Molina. 


Canarias. 


r. María Porjí, de Santa 




Cruz de Tenerife. 


Carmona. 


J. M. Eguiluz. 


Carolina. 


E. Torres. 


Cartagena. 


A. Mellado y Orea jada. 


Castellón. 


■f. M. de Soto. 


Castrourdiales. 


L. Ocharán. 


Ceuta. 


M. García de la forre. 


Ciudad-Real. 


P. Acosta. 


Córdoba. 


C. Barberini, y K. García 




Lo vera . 


Coruña. 


J. Lago. 


Cuenca. 


M, Mariana. 


Ecija* 


J.GÍuli. 


Ferr»l. 


Sf, íasonera. 


Figucras. 


H. Alegret. 


Gerona. 


F. Dorea. 


Sijon. i 


Crespo y Cruz. 


fíranaia. 


i. M. Fuensalida y Viuda 


\ 


é Hijos do Zamora.- 


Cuadalaiara 


R. Oijana. 


Uabanai 
II aro. 1 


N. Ceballos. 


P Quintana. 


Huelan. \ 


J. P. Osorao. 


Huesca. \ 


K. Guillen. 


Irun. 


R. Martines. 


Játiva. 


i. Pérez Fluisá. 


Jerez. 


t. Alvarez de Sevilla. 


León. 


Miíion Hermano. 


Lérida. 


J.8o! ahijo. 


Linares. 


1. Orcllana y Sánchez. 


Logroño 


P. Bríeba, 


torca. 


A. Gome», 



Lucena. 

Lugo. 

Ma/ion. 

Málaga. 

Manila. (Filipinas). 

Mataré. 

Mondoñcdo. 

ñiontilla. 

Murcia. 

Ocaña. 

Orense. 

Orihuela. 

Osuna. 

Oviedo. 

Patencia. 

Palma de Mallorca. 

Pamplona. 

Pontevedra. 

Priego (Córdoba.) 

Puerto de Sta. María 

Puerto-Rico 

Itequena. 

Reus. 

Rioseco, 

Ronda. 

Salamanca. 

San Fernando. 

S. Ildefonso(L& Granja | 

Sanlúcar. 

San Sebastian. 

S. Lorenzo. (Escorial.) 

Santander. 

Santiago. 

Sagovia. 

Sevilla. 

Soria. 

Talavera de la Reina. 

Tarazona de Aragón- 

Tarragona. 

Teruel. 

Toledo. 

Toro. 

Trujlllo. 

'lúdela* 

Tuy. 

Ubeda. 

falencia. 

Valladolid. 

Vich. 

figo. 

VKllanueva y Geltrñ. 

Vitoria. 

Zafra. 

Zamora. 

Zaragoza. 



I. n. Cabezas. 

Viuda de Pujol. 

r. Vinent. 

■i. G. Tauosdi'ia v P. d 

Moya. 
M. Planas, 
ti. Claven. 
Viuda de Del «¡ido 

0, Sautolulla. 
T. Guerra y Heredero: 

de Andrion. 
v. Calvillo. 
■I. Ramón l'erez. 
■I. Martínez Alvarez. 
v. Montero. 

1. Martínez. 
Peralta. y Menendez. 
1». J.Gelabert, 

S. lllos. 

■í. Buceta Solía y Ctnsip. 
T. de la Gámara. 
• P. A. Rafoso. 
J. 5iestre.de Mayagücz. 
C. García. 
J. Prius. 
M. Prádanos. 
Viuda de Gutiérrez, 
R. Huebra. 
J. Gay. 
J. Aldrete. 
I. de Oña. 

A. Garralda 
3. Herrero.- 
C. Medina. 

B. Escribano. 
L. M. Salcedo. 

f. Alvarez y Comp. 

F. Pérez Kioja . 

A. Sánchez do Castro. 

P. Veraton. 

V.Font. 

F. Baquedano. 

J. Hernández. 

h. Población. 

A. Herrauz. 

H. izalzu. 

E. Cruz normanos. 

T. Pérez. 

I, García, F. Navarro y 

Mariana vsanz. 
B.Jover y 'H. de Rodriga. 
Soler, Hermanos. 
M. Fernandez Dios. 
L. Crens. 
J. Ocjuendo. 
A. Oguet. 
Y. Fuertes. 
h. Ducassi, J. Comin y 

Comp. y V. de Hereia. 



MADRID. 



Librerías de la Viuda é naos de Cuesta, y de Moya y Plaza, calle 
de Carretas; de A. Duran, Carrera de San Gerónimo; de L. López, calle 
del Carmen, y de M. Escribano, calle del Príncipe.